¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
Gota Gota nació de una convicción simple: que el café y las flores hablan el mismo idioma. Los dos son efímeros, los dos requieren atención, los dos cambian dependiendo de quién los recibe.
Nació del amor de Regina por las flores —ese mundo de formas, colores y tiempos que no se pueden apresurar— y del amor de Juan Pablo por el café —la precisión, el ritual, la pausa que te obliga a estar presente. Juntarlos no fue un concepto de negocio. Fue una pregunta honesta: ¿y si estas dos artes pudieran aprenderse, vivirse y disfrutarse en el mismo lugar?

Queríamos que lo cotidiano pudiera vivirse con intención. Que comprar flores o tomarse un café no fueran cosas que se hacen de paso, sino que se hicieran con calma, con presencia. Que se volvieran un ritual, no una prisa.

De esa pregunta nació el espacio. Un lugar donde ambas disciplinas se complementan, se enseñan y se celebran. Donde la gente entra buscando una cosa y sale descubriendo que las dos tienen más en común de lo que imaginaba. Desde el principio, lo que nos hizo diferentes no fue el menú ni la decoración, sino esa convicción de que la belleza cotidiana se cultiva, gota a gota.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
Lo más difícil fue elegir una sola cosa, porque en Gota Gota el proceso completo es el disfrute.

Desde la calibración del café, ese equilibrio preciso que cambia cada día, hasta la elección de las flores para un arreglo —la paleta, la disposición, el diseño— todo parte de una intención. De querer crear algo único e irrepetible. Nada es automático, nada es al azar.

Pero lo que más nos mueve, lo que realmente nos llena, es cuando ese proceso deja de ser nuestro y se vuelve de todos. Cuando los clientes no solo lo entienden, sino que empiezan a formar parte de él. Hemos visto cómo nuestra comunidad se ha ido adentrando poco a poco en estos mundos: algunos hacia las flores, otros hacia el café, algunos hacia los dos, y eso no tiene precio.

Lo más bonito de Gota Gota es poder comunicarnos a través de lo que hacemos. Que la intención, el amor y la pasión con los que trabajamos se vuelvan contagiosos, que generen curiosidad, que inviten a conocer más. Compartir ese conocimiento —y aprender de cada persona que es parte de nuestra comunidad— es lo que le da sentido a todo.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
Lo primero que no debería perderse quien llega por primera vez a Gota Gota no es un producto, sino el permiso de pausar.

Cada detalle del espacio está pensado para eso: la arquitectura, la luz, los materiales. Todo está diseñado para crear una burbuja donde el mundo exterior se queda afuera y lo que queda adentro es el momento. Da igual si vienes a leer, a dibujar, a trabajar o simplemente a estar con alguien que quieres: la intención es que ese tiempo se sienta tuyo, con calma, con presencia.

Si hablamos de algo concreto que no puedes dejar ir: en la barra de espresso todas las bebidas pueden infusionarse con flores naturales, un gesto pequeño que cambia el aroma, el sabor y la experiencia entera. Y en el brew bar, los granos rotan constantemente para que siempre haya algo nuevo que descubrir. Experimentar, probar, dejarse sorprender.

Y las flores —esas merecen mención aparte. Las flores son un lenguaje, y en Gota Gota los invitamos a usarlo. A regalarle una flor a alguien, sí, pero también a regalársela a uno mismo. Nada más porque sí. Sin ocasión especial, sin pretexto. Una flor puede cambiar el día, y eso es algo en lo que aquí creemos de verdad.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
Todo proyecto trae consigo las dos cosas: los problemas que no esperabas y las sorpresas que tampoco imaginabas. Ambos te forman.

Lo que aprendimos en el camino es que, en los momentos difíciles, lo más importante es no perder de vista los pilares que le dan alma al proyecto: el amor por el café y las flores, la pasión por compartir ese conocimiento, y esa propuesta de valor que te diferencia, eso que nadie te puede quitar porque es genuinamente tuyo.

No ha sido fácil. Nos hemos topado con obstáculos, con imitaciones, con competencia que en lugar de inspirarse intenta detenerte. Pero aprendimos a leerlo diferente: cuando alguien te copia o intenta ponerte el pie, en el fondo es la confirmación más honesta de que estás haciendo algo que vale la pena. Es un indicativo de que vas por buen camino.

Y hay algo liberador en entender que hay cosas y personas sobre las que simplemente no tenemos control. Lo que sí controlamos son nuestros valores, nuestra forma de hacer las cosas, la intención con la que nos presentamos cada día. Eso no nos lo quita nadie.

Afortunadamente, tenemos una comunidad muy bonita que nos recuerda por qué empezamos. Más que afectarnos, los desafíos nos han fortalecido. Evolucionamos y seguimos adelante.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
La referencia que más nos guía quizás no viene de una sola fuente, sino de una forma de ver el mundo que encontramos en varias tradiciones.

El wabi-sabi japonés nos recuerda que la belleza no está en la perfección sino en lo efímero, en lo imperfecto, en lo que no dura para siempre. Un café que se enfría. Una flor que se abre y se cierra en cuestión de días. Lejos de entristecernos, esa impermanencia es exactamente lo que le da valor al momento: la razón por la que vale la pena vivirlo con atención.

El ikebana, el arte floral japonés, nos habla de algo similar pero desde otro ángulo: cada elemento tiene un propósito, el espacio vacío importa tanto como lo que está presente, y la intención lo determina todo. No se trata de poner flores bonitas juntas, sino de crear algo con significado, de que cada decisión tenga un porqué.

Esas dos ideas viven en Gota Gota todos los días: en la forma en que preparamos un café, en cómo elegimos las flores de la semana, en cómo pensamos el espacio. La belleza en lo cotidiano, hecha con intención, sabiendo que dura lo que tiene que durar, y que eso es suficiente.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Estamos en constante búsqueda de inspiración. En cada viaje nos damos el tiempo de investigar, de visitar cafeterías y floristerías, de entender cómo otros espacios en el mundo resuelven las mismas preguntas que nosotros nos hacemos todos los días. En todos hay algo que aprender.

Recientemente viajamos a Japón y fue, sin exagerar, transformador. Vivimos de primera mano todo aquello que antes conocíamos solo como filosofía. Desde la primera taza entendimos algo que aquí intentamos practicar, pero que allá es simplemente la forma natural de hacer las cosas: no hay prisa. Las bebidas toman el tiempo que tienen que tomar, se preparan con una atención y un cuidado que detienen el mundo a su alrededor. El rush no existe: existe el proceso, y el proceso es parte del disfrute.

Tuvimos la oportunidad de acercarnos al mundo del ikebana en una de las mejores escuelas de Tokio, y fue revelador. Ver de cerca cómo cada elemento —por mínimo que parezca— tiene un lugar, un propósito, una razón de estar donde está. Que sin ese detalle aparentemente insignificante, el conjunto no sería lo mismo. Es una lección que va mucho más allá del arreglo floral.

Y el matcha fue un descubrimiento aparte. Nos adentramos en todo lo que hay detrás: su origen, su cultivo, su ceremonia, su significado. Fue ahí donde nos encontramos de frente con el concepto que quizás mejor resume lo que vivimos en ese viaje —y lo que intentamos crear en Gota Gota todos los días—: ichi go ichi e. Un momento, una oportunidad. La idea de que cada encuentro es único e irrepetible y que merece vivirse como tal. Esa filosofía nos llevó incluso a encontrar el matcha perfecto para Gota Gota, uno que contara esa historia y que estuviera a la altura de la intención con la que hacemos todo lo demás.

Japón nos recordó que la inspiración más poderosa no viene de lo que ves, sino de lo que entiendes cuando te permites mirar con calma.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
Si Gota Gota pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, la respuesta de Regina no duda: Michelle Purroy, florista mexicana cuyo trabajo nos ha inspirado desde antes de que Gota Gota existiera. La invitaríamos a crear juntas un arreglo sin límites —uno de esos ejercicios donde el resultado importa, pero lo que realmente vale es el proceso. La conversación que surge cuando dos personas que aman las flores se ponen a trabajar lado a lado, a hablar de referentes, de inspiraciones, de por qué una flor va aquí y no allá.

Más que una colaboración, sería una tarde de aprendizaje. De esas que te recuerdan por qué empezaste.

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
En la mitología griega, Narciso es el joven que se acerca a un estanque, ve su reflejo en el agua y queda atrapado por esa imagen. Pero hay una lectura menos conocida y más bonita de ese mito: antes de ver su rostro, Narciso ve el agua. Ve la gota. Y es en ese instante de quietud, de detenerse frente a algo tan simple como un reflejo, donde todo cambia.

Nuestra escultura es Narciso —una figura casi de tamaño real, llena de color, vibrante, viva. Un cuerpo que carga con la diversidad y la riqueza de todo lo que lo rodea. Pero su cabeza es dorada, y eso no es casualidad.

El dorado habla de lo que está adentro: la mente, el pensamiento, la conciencia. Mientras el cuerpo absorbe el mundo en todos sus colores, la cabeza permanece luminosa, tranquila, presente. Es la imagen de alguien que vive con plenitud pero que no se pierde en el ruido, que encuentra claridad en medio de todo.

En Gota Gota, Narciso nos recuerda exactamente eso: la importancia de pausar, de acercarse, de mirar con atención lo que normalmente pasamos de largo. Un café, una flor, un momento del día que podría irse sin que lo notáramos. Pero también nos habla de belleza consciente: rodearse de cosas bellas no es vanidad, es una forma de cuidarse. De decirle al día que merece ser bonito.

Narciso vive aquí como un recordatorio silencioso para todos los que entran: detente. Mira. Este momento no se va a repetir.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Si Gota Gota fuera una ciudad, sería Kioto —o muy cerca de casa, San Miguel de Allende.

Kioto porque es la pausa, la tradición, la belleza que no grita. Una ciudad que te pide que la vivas despacio, donde cada rincón tiene una historia y una intención detrás. No Tokio, que es el rush y la velocidad; Kioto es la otra cara, la que te invita a detenerte y entender que detrás de cada gesto hay un porqué.

Y San Miguel de Allende porque encontró la forma de honrar su historia sin quedarse atrapada en ella. Una ciudad que vive con color y textura, sofisticada sin pretensión, donde lo artesanal no es nostalgia sino identidad. Como Gota Gota: un lugar que sabe quién es y no necesita explicarlo.

Si fuera un libro, sería La elegancia del erizo de Muriel Barbery: una historia sobre encontrar belleza profunda en los lugares y las personas menos esperadas. Sobre la vida interior rica que existe detrás de las cosas cotidianas. Sofisticado pero accesible, íntimo pero universal.

Y si fuera un disco, sería Kind of Blue de Miles Davis. El disco de jazz más escuchado de la historia, pero no por ser el más ruidoso, sino por todo lo contrario. Precisión y calma. Cada nota en su lugar exacto, cada silencio tan importante como lo que suena. Nada sobra, nada falta. Como un café bien preparado. Como un arreglo floral pensado con intención. Kind of Blue no te apresura: te invita a quedarte.

Respuestas por Regina Cordero Carpenter (Fundadora y creadora conceptual) y Juan Pablo Soto Sojo (Fundador).