Estado de alerta

8 septiembre, 2018

Hoy es de los domingos en que mi mente se resetea cuando me despierto, donde no tengo pasado ni futuro y el presente por mas que lo intente no me puedo empalmar en el tiempo, mi mente arrastra a diferente ritmo el pensamiento, las reacciones a los estímulos externos y mi voz no tienen secuencia lógica.  Y, si antes eso me tenia sin cuidado, hoy he descubierto amargamente por que.

Mi vida no tiene la menor lógica.

Y faltarían cigarrillos  que afortunadamente tengo así que te diré por que parece que la vida es un mal chiste.

Acaba de ceder la venda en mis ojos, y encuentro a todo un mundo sumergido en el caos, bailando una melodía de algún flautista en Hamelin, viendo los hilos que nos mueven a todos.

Esta es mi declaración de conspiración colaborando con la poesía para derretir las cadenas.

El mundo arde y todos lo vemos, disfrutamos del espectáculo que son las guerras, celebramos la vida en aras de la muerte, llevamos el infierno a nuevas tierras y en las guerras nos vemos las caras por los cobardes que no jalan el gatillo.

Destruyeron los núcleos, los familiares, los sociales, los mentales y atentamos contra la realidad. La rompimos. Nos quebramos junto con ella. De todo lazo humano con cualquier otra forma de vida: los matamos, nos alimentamos de ellos, los extinguimos y después lloramos nuestra perdida.

Al borde de todos los tiempos, en la cima de la nueva ola cabalgamos sálvese quien pueda, coje que te vienen cojiendo, chingale maestro, rifate!

Y el resto de nuestro tiempo es historia de trabajar para vivir o morir en el intento. Del resto cualquier intento por cambiarlo no basta.

El genocidio se naturalizo, la hambruna se extendió, las enfermedades proliferan y el alimento se altero genéricamente, el gordo de Maracay me lo dijo, portamos la mierda natural y comemos la estética. Javier y yo lo discutimos, nos llevo la verga.

Tu lo sabes y lo sientes, esclavos del dinero todos somos presas fáciles, perros bailando al ritmo del «nadie sabe para quien trabaja». Consumidos por el consumo. Fingimos que todo esta bien. Hasta la muerte.

Fotografía: Stefano Majno