Amanezco con una enfermedad de propio diagnóstico llamada cansancio.
Doy medio giro sobre la espalda y el cigarrillo, dejando caer las colillas sobre el suelo. Le propongo a la chica linda del café con una mirada desapercibida y constante, finjo no extrañarte y desearte cada tres o cuatro días.
Mis dedos no paran de escribir en un teclado que necesita limpieza inmediata. Cualquier persona me diría que hoy es domingo, pero mi cabeza ya disocia los días laborales.
Al llegar a casa pienso en el objeto que elegí para mi disfrute, aunque lleva tiempo sin batería; desde que me lo compré no lleva ni tres días en desuso. La sexualidad y exploración propia es un ritual que no quiero dejar caer en decadencia.
Cruzo los dedos por mi apuesta y la inversión de mi tiempo. Siempre me atreví a soñar en grande y creerme invencible. Desarrollo mil proyectos en mi cabeza y me los anoto en las notas del celular; me acuesto pensando “espero dejar huella”.
Me levanto pensando en todo lo que tengo que hacer. Enferma de cansancio, me recargo siendo un ente ante la sociedad.
Cada tanto me cuestiono si todos funcionan así o si seré la única individua con algún tipo de batería recargable.
La chica me saluda de casualidad y sin ningún tipo de mueca, como si cada vez tuviéramos menos rastros de espontaneidad. Me aburre la poca simpatía.
Me encuentro sentada en mi cama y de acá no me pienso mover; en otro momento hubiera disociado y dicho que es una pérdida de tiempo.
Les respondo con mensajes acotados a dos o tres amigas; a las otras dejo que comprendan mi poca disponibilidad.
Recupero el lujo de respirar el cansancio que se esconde entre mis piernas.
Hoy no ofrezco peinados de propaganda.
Puede que me gusten un poco los besos color fucsia.
Fotografía por Nicholas Dominguez Gallegos

Actriz y poeta de Buenos Aires. Lesbiana y feminista, escribe desde la experiencia personal, la sensibilidad y la mirada crítica hacia la vida contemporánea.
