Se miraban y reían, como si se hubiesen visto muy de cerca.
No hubo miedo, ni momentos incómodos.
Ella estaba ahí, pero su mirada a veces no.
Con ojos abiertos sonreía mientras la luz de la tarde entraba por la ventana, siempre contemplando cada detalle. Un momento muy particular que podría ser la llave que conecte la magia naciente con el temor de pasados ocultos que aún se asoman y confunden.
Un muro a medias de fondo, como una metáfora para una escena de juegos y cercanías, miradas y besos; esos que obligan a perderse en el presente con ojos cerrados, casi inocentes, pero llenos de fuego.
“La música meditativa nos entrelazaba y entre juegos experimentamos algo nuevo, tan fugaz e impermanente, pero a la vez eterno”.
Pensamientos que se funden y miedos que siguen estando ahí.
Se besaron y se vieron de frente, sintieron y soñaron juntos, como buscando ese vuelo.
La pasión y la tensión viva, un magma en pronta ignición, sin embargo de una manera muy sutil. Él miraba sus labios y la forma en que levemente ella mantenía la boca abierta respirando suavemente, pero con una pasión contenida a punto de estallar. Él la miraba y pensaba, también soñando.
La experiencia estaba ahí, materializando las escenas de la película que siempre han estado en su cabeza.
El muro a medias y un sol de media tarde, un muro a medias de fondo reflejando esa luz de verano.

