Habitaciones

Susurrábamos plegarias inventadas, nuestros párpados decadentes, nuestras extremidades agonizantes, el agotamiento palpitante. ¡Oh, Señor, enséñenos misericordia, clemencia, un momento de silencio!

Rodeándonos, nuestra habitación, parcialmente inhabitada y visualmente insípida, adornada únicamente por un par de colchones desnudos, sábanas destendidas, religiosidades, crucifijos y rosarios, ventanas diminutas, y una cómoda vergonzosamente anticuada. Olores repugnantes, parcialmente provenientes de la inconsolable criatura yaciendo en un rincón de la habitación, la vieja cuna, mobiliario generacional. Extremidades subdesarrolladas, flexionadas, y particularmente pálidas. Torturándonos. Privándonos de nuestra tranquilidad con sus incontrolables sollozos, nuestra hermana. Tres semanas desde su nacimiento, una capacidad pulmonar impresionante y una habilidad indescriptible para mantenernos estancadas en un sentimiento de desesperación y desentendimiento. ¡Oh, Señor, explícanos la naturalidad de tu crueldad! Irene, significado bíblico, la paz de Dios. Lo considerábamos un nombre inadecuado, brutalmente indecente. Una absurdidad nombrarla de aquella manera.

Estábamos sentadas sobre la deformidad de nuestros colchones, la textura peculiarmente desgastada, sus entrañas rechinantes, protestantes bajo nuestra pesadez. Mirábamos ausentemente el alboroto proveniente de la anticuada cuna, los sollozos lamentables. Le dije a Johana que le tocaba, que le cambiara el pañal, que la alimentara, que la sofocara con la almohada. Ella respondió que ya la había alimentado, que el pañal estaba limpio y que no la sofocaría con la almohada. Johana tenía diecinueve años, y por consiguiente, era la mayor de nosotras tres. Tenía facciones delicadas y amables, y, según nuestra madre, la sensibilidad de una señorita, una característica actualmente extraña e inusualmente venerada. Nunca entendimos completamente el significado de aquella expresión.

Johana eventualmente se levantó y atravesó lentamente la habitación, movimientos cautelosos, sutilmente aterrados. Susurrándole palabras incómodas y desapegadas, levantó a Irene de la cuna, liberándola de la insoportable vergüenza de yacer un momento más en ella. La sostenía torpemente, expresando una incomodidad asfixiante, manteniéndola a una distancia imaginaria, usualmente imperceptible. La extrañeza de sostener a un ser ajeno, la creación de la intimidad, proveniente delerotismo y la brutalidad. Lágrimas sofocándonos. Reconocíamos la humillante naturalidad de nuestro temperamento, carecíamos de habilidades femeninas y actitudes maternales. Éramos seres secretamente corrompidos, mujeres inadecuadas. Nos ahogábamos en aquellos aullidos histéricos, resentíamos agriamente aquellas facciones infantiles, ligeramente deformadas. Nos aterrorizaba la flexibilidad y la palidez de sus miembros corporales, sus aullidos infamantes. Fantaseábamos, raramente, en sofocarla con una almohada. “Inés, ayúdame.” Johana continuaba sosteniendo a Irene, arrullándola inútilmente. Nos miramos momentáneamente, la pesadez de nuestros ojos. Lentamente me levanté del colchón, me acerqué a ella y tomé a la niña en mis brazos, la peculiaridad de su fragilidad. Facciones subdesarrolladas, incapacidad de entendimiento, inconsciencia y egocentrismo, cualidades anheladas envidiables, su tranquilidad de pensamiento. Fantaseábamos en convertirnos en seres incorpóreos, parcialmente inexistentes, intersexuales, la desmaterialización del ser.

La arrullábamos, caminábamos alrededor de la habitación, mirábamos a través de las ventanas, las vecindades, la brutalidad descansando, madrugada lentamente avecinándose. Le susurrábamos, aguantábamos humillaciones, aullidos indetenibles. ¿Qué somos si no esto?, nos preguntábamos, ¿Qué seremos si no extremidades decadentes? Encontré una vez más los ojos de mi hermana, decidimos finalmente abandonar la incomodidad de nuestra habitación. Con Irene aún entre mis brazos, abrimos la puerta y salimos al estrecho pasillo del departamento. Insipidez, las ventanas ligeramente entreabiertas, mobiliario desgastado, religiosidades, nuestras narices congelándose. ¿Nos liberaríamos eventualmente de nuestras inconformidades, nuestras deficiencias femeninas? Luz sobresaliendo debajo de una puerta. La televisión encendida, sonido de risas ensayadas, respiraciones controladas.

La silueta de Johana se acercó cautelosamente a la puerta, la debilidad de su disposición, el agotamiento de sus movimientos, una inseguridad infantil. Indecisamente, Johana tocó la puerta, un momento de silencio, nadie respondió. Ella me volteó a ver miserablemente. Nuestras voces vergonzosamente titubeantes, le dije que volviera a tocar. Resentíamos nuestra sensibilidad, nuestro sometimiento, nuestras frustraciones y la naturalidad de nuestros genitales. Johana tocó la puerta otra vez, nadie respondió. El sufrimiento de Irene continuaba, aullidos, extremidades flexionadas. Temíamos que nuestras lágrimas la ahogarían, que nuestras frustraciones la matarían. Temíamos que eventualmente la convirtiéramos en un ser incorpóreo, intersexual, parcialmente inexistente. Empujeel cuerpo de Irene bruscamente al pecho de Johana. Y abrí la puerta. Televisión encendida, carcajadas artificiales, la superficialidad del entretenimiento contemporáneo.

Había un monstruo durmiendo en la cama de nuestra madre. Caminábamos torpemente por la habitación, los crucifijos resguardándonos de aquella monstruosidad somnolienta, cuidándonos de la deformación del ser, las extremidades pudriéndose. Aturdidas por la luz deslumbrante de la televisión, cerrábamos nuestros ojos ocasionalmente. Tranquilidad momentánea. Los abríamos ligeramente, lugares inhabitados, habitaciones abandonadas. “Mamá.” Johana susurró, movimiento de sus brazos, sosteniendo a la niña, arrullándola desesperadamente, “Irene no deja de llorar.” Silencio, el murmullo de las sábanas moviéndose. “Mamá.” Un ser parcialmente moribundo, el fallecimiento de pensamiento, la desaparición de valores y responsabilidades, y reemplazándolos, el nacimiento de la humillación, las desaprobaciones. “Sabemos que aun respiras.” Murmuré. Era un ser que se autoproclamaba incapaz de amantar, una madre que no amamanta no es madre. La desintegración de su maternidad.

Lleve mi mano a mi garganta, sofocándome, “Mamá, ya no queremos ser mujeres.” Las sábanas dejaron de moverse, respiración imperceptible, su descomposición existencial. Volteé a ver a Johana, la palidez de sus facciones, nuestros ojos llenos de lágrimas, seres humillados y pervertidos. “Mataremos a Irene sino te levantas.” Un quejido suprimido, débil, proveniente de aquella deformidad que alguna vez llamamos madre. Un momento de silencio. Ignorábamos los sollozos de Irene, alcanzamos la resignación de nuestra normalidad. Esperábamos. Las voces carismáticas de la televisión. Nunca llegó respuesta. Cerré los ojos, comencé a rezar. ¡Señor, perdóname! Me di la vuelta y le arrebaté a Johana violentamente la niña de las manos, salí apresuradamente de la habitación.

Desde el pasillo escuchaba el llanto agonizante de Johana, sus sollozos ahogándola, deshumanizándola lentamente. ¡Señor, castíguennos, mutile nuestros genitales! Tambaleándome por el departamento, llegué hasta la puerta. La abrí. La antigüedad de las paredes, la humedad, habitación sin supersticiones y religiosidades, nuestra existencia finalmente injustificada. “¡Inés!” Gritaba Johana desde la habitación. Inés, significado bíblico, la que es casta y pura. ¡Blasfemia! Sentía la premonición de mi inexistencia. Hui de las monstruosidades, de la corporeidad, de las habitaciones inhabitadas. Subimos las escaleras, tropezábamos ocasionalmente. Llegamos a la puerta que abría al techo, la empuje con mi cuerpo. Salimos, respiramos el aire, silencio, la mañana aproximándose, sol alumbrandoligeramente nuestras facciones. Nos acercamos a la orilla. Seguíamos rezando, ¡Oh, Señor, perdóname! Pies sobresaliendo del borde, las lágrimas secándose, miré para abajo, la distancia del techo al piso. Estiré mis brazos, Irene suspendida en el aire Cerré los ojos, terminamos nuestras oraciones, silencio. Oí los pasos de mi madre y mi hermana detrás de mí. Irene había dejado de llorar.

Fotografía por Susannah van der Zaag