“Ampliar el entendimiento del otro: es lo que nos invita a hacer el cine, el arte”, contesta N., una actriz, durante una entrevista que le hacen a propósito de la nueva película que protagoniza, y que se acababa de estrenar.
Dos días después, Gemma y yo estamos formados para entrar a un concierto. Habían avisado que las cien primeras personas en llegar y formarse para entrar tendrían acceso a lugares especiales. Llegamos, alrededor de las siete de la noche, saludamos a unos amigos que están casi hasta adelante en la fila y nos regresamos a formar hasta atrás. Somos cincuenta personas formadas. Después de una hora y media, calculo que seremos más o menos doscientas.
La familia que está formada detrás de nosotros platica acerca de la hija que se mudará a Madrid en unos meses. “Va a vivir en el Barrio de Salamanca, obvio”, cuenta el papá. Mientras la fila sigue creciendo a lo lejos, una chica y su novio se acercan a saludar a esta familia. A ella la reconozco: es N., la actriz. Después de besos, abrazos y uno o dos minutos de small talk, N. les pregunta:
–¿Les molestaría si nos colamos aquí en la fila con ustedes?
–Obvio no, quédense aquí con nosotros–, responde el papá.
La chica y su novio se hacen lugar entre nosotros y la familia. Siguen con la small talk durante otra media hora. De vez en cuando voltean a ver cómo crece la fila mientras sigue llegando la gente a formarse, acerca de lo cual, ni N., ni su pareja, ni nadie de la familia dice nada. Se quejan, eso sí, en varias ocasiones, de que la entrada al evento va retrasada.
Mientras seguimos sin movernos, pienso en aquello que N. contesta en la entrevista, mirando hacia la cámara, convencida o, por lo menos, quiero creer, queriendo convencer a otrxs, de sus palabras. Ampliar el entendimiento del otro: es lo que nos invita a hacer el cine, el arte. A menudo siento vergüenza de pertenecer a la especie humana.

