—¿De verdad sigues mirando ese pinche cuadro, Felipe?— pronunció Ana, con un dejo sórdido de molestia. 

Bien sabíamos que las escrituras no aparecerían por arte de magia, pero valía la pena intentarlo. Ana preparó de comer. Yo solamente podía pensar en la polvorienta pintura. Ésta mostraba la fachada de la vieja casa Nebrija, antes del incendio que la devoró. Nadie había querido restaurar el cuadro, el bisabuelo Pimentel había ocultado pistas sobre la herencia en ella. Antes de morir, la abuela Pilar dijo que debíamos quemar la pintura, estaba maldita. 

A las siete, Ana se largó con Rogelio, un tipejo de mal carácter. Yo tomé una siesta. A través de la ensoñación, escuché un ruido que me levantó, al mirar el techo en llamas corrí a la sala y tomé la pintura. Una cortina de humo denso se apoderó de la habitación con rapidez. Hasta entonces, había sido el sueño más vívido que había tenido— pensé, antes de quedarme dormido otra vez. 

Al franquear la esquina de Recoleta, Ana advirtió la presencia de los bomberos y la policía afuera de su casa. Hacía tres horas, el fuego había reducido a ruinas la residencia. Después de haberle dado la noticia sobre su hermano, un bombero le entregó el cuadro, la única pertenencia salvada. 

—Pilar tenía razón— dijo Ana, antes de enterrar el cuadro entre las cenizas.

Fotografía por Lucien Deré