El hospital es para los enamorados

A Elisa Naranjo

Siempre que te muerdo un labio tus dedos
le preguntan lo mismo a mi cuello:
¿tiene hambre o me ama?
y siempre soy un desnutrido
porque mares pides
desbocados en ciudades:
alaridos de edificios en la carne;

y yo solo ahueco un río moderno en las venas:
sin agua, sin niños, sin lavaderos;
con basura durmiendo en muertos
y moscas en busca de su sangre y alcohol.
Yo aquel del río que no llevo, sostengo:
solo te puedo, solo te entrego
la calma impuesta a los hambrientos
terrenos baldíos de la piel.

Pero tus yemas no escuchan,
auscultan
lo inabarcable: el corazón.
¡No está en el pecho!

Ay, todo en ti tiene bata.

Buscas bronca en mis bronquios
o pánico en miocardio,
y mi garganta que dice un grito
en minúsculas: te amo;
no llena, dices,
tapa,
no cobija, gritas,
cubre,
eso es, cubre que esconde que oculta que miente.

“Señor, lo siento,
nada que hacer, temo,
es usted un hombre sano
y aquí solo mimamos enfermos”.

Fotografía por Ana Valentina Palacio.