Aquí en la casa la despensa básica tendría que ser: café, huevos y flores, aunque a veces pase días sin comer solo por cumplirme el capricho de tener el florero lleno y el corazón acelerado por la media jarra que me tomo a diario y después lamento.

La inversión que hago con aquellas enfermas terminales me brinda un poco de sentido, a veces por cinco y, en la mejor de las suertes, quince días. Me es más noble y más sencillo cambiar el agua a diario, cuidarles del calor, agregarles vitaminas a un ramo de florecitas que se van quedando sin vida desde que se les arrebató de la tierra y se mutiló sin pedir permiso, que cuidar de mí para vivir la mía. La infame culpa católica que ya no me acompaña solo estorba, y aun así le cedo la razón cada vez que creo que “no sirvo para vivir, sino vivo para servir”, y luego politizo mi culpa al negarme como contribuyente de algo útil en lo absoluto.

Entre utilidad e inteligencia me pierdo sin intención de encontrarme. ¡Qué pesado se vuelve el cuerpo cuando anda sin sentido! Se me escapa el alma de a cachitos y ya no me duele el pecho cuando lloro. Reposo los huesos en la cama interminables horas todos los días hasta que mis flores se marchitan o que la cafetera ya esté vacía.

Olvidé muchas palabras, también cómo conjugarlas; supongo que así se siente ir muriendo poco a poco. El miedo a morirme en serio hace que cargue con un pequeño tronco y “toque madera”, justo como alguna vez Adriana me dijo que así “se había salvado de muchas tantas”. Me pregunto si las flores, al llegar a casa, también sienten que olvidan algo: el cómo se sentía el sol sobre sus pétalos, por ejemplo, o cómo estirarse hasta el cielo; si sus flores amigas aún se quedaron en el campo o murieron un poco junto con ellas.

Fotografía por Armando Belsoj.