Decir que estoy aquí cuando el lugar está vacío

Hablo de espacio geográfico y también de los huecos que hay en mi mente, de la cálida casa y de mi cuerpo tan frio.

El mueble esquinado algunas veces se deprime. Los cuartos y algunas paredes ya no respiran como antes. Mi habitación últimamente se siente muy sola y habla de madrugada sobre roperos que aspiran ser libreros. El rechinar de las puertas es el lenguaje de mis muebles; definen su comportamiento y conversan sobre el próximo temblor que vendrá a visitarlos muy pronto. Seguramente en el mes de noviembre, pues la madera brilla más en la obscuridad. En estos días las casas del vecindario se miran entre sí con una sonrisa inocente, unos parpados como cortinas y un techo negro que funciona como sombrero elegante. Las luces y las sombras juegan entre sí al ritmo de las goteras interminables en el baño que está al fondo.
Cada hogar que se encuentra solo conversa para sí mismo (una especie de monólogo) y habla parte de lo que no se habla en el instante en el que el silencio permea cada esquina. La casa vuelve a ser hogar en cuanto esta es habitada o alguien respira su oxigeno. Un hogar sin individuos se convierte en un espacio designado, configurado con cuartos estructuralmente unidos pero vacíos que no hablan ni se ríen. Un hogar es alguien o algo que te espera cuando no estás y también se despide cuando te vas.

Mi hogar es un lugar que me separa de la realidad
Mi hogar es un «reset».

Fotografía por Ellen Hutchinson

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