No puedo dejar de morir. Entro y salgo del ataúd; asisto tanto a mi propio funeral que toda mi ropa huele a flor. Siempre quiero ir a donde trabaja el carnicero. A pararme derechita justo donde mata al puerco. Abro los ojos grandes y abro la boca, en cada corte me lloran las patas y me muero del dolor que deja el miedo. 

Entonces, vengo otra vez. Juro que no voy a volver pero siempre termino de noche caminando al matadero. Como si no lastimaran a las gatas para ver si gritan como sus primos los puercos, como si en este lugar oscuro no supiera bien que atacan a los animales suaves.

No sé bajar a la tierra a enfrentar el miedo de que vayamos juntos (mi cuerpo y yo) a habitar un sitio menos apestoso, de olvidarnos del llanto, de esperar otro barco y arrancar el papel tapiz de las paredes de una casa que no se nos hizo hogar porque estábamos nadando mientras los trastes se apilan y se llenan de gusanos. Se nos iba el amor.

Me toca ser mi propio matadero. He venido a despegarme la tristeza a golpes, a reducir la vida hasta un susurro redondo, hasta no tener nada más que un latido, una brisa, un suspiro profundo para poder llenarlo luego todo de silencio.

No sé lavar trastes pero puedo arrancarme la carne y enterrarme en la tierra a renacer y esperar que los puercos no hayan muerto de frío cuando mis primeras hojas les puedan cubrir el cuerpo.

Jurarme de rodillas a la Virgen de las Corrientes Heladas que no voy a volver a las malas manías de alejarme de mí, ahogada en un charco sucio; que no voy a volver a pisar el matadero. 

Morir y renacer como lo dicta el zodiaco. Construir entre los espíritus y los imaginarios. Rezarle rogando al agua limpia y fresca que me enseñe a convivir con mi cuerpo, por si esta es la última vida que tengo. Despertar de este sueño largo y aletargado, de la droga de flotar en agua puerca a vivir con bravura a donde quiera que la marea helada vaya, por si está es la última oportunidad que tengo de volver a nacer en medio de este río frío. Levantarme y buscarme entre las aguas sin tiempo, llevarme cargando siempre hasta que habite en mi cuerpo, mirar al monstruo parado y rescatarme de mí.

Sentir con las manos, conseguir despertarme sin querer morir, enseñarme a jugar y a hacer el amor con la panza mojada después de lavar los trastes bien despierta bajo un río de agua fría.

Fotografía por Eliza Trejo // Rev/Scan Fotograma Film Lab