Mientras más grande es el espacio, más fácil es perder tus cosas, suele decir mi padre. Y cuánta razón tiene, piénsalo. ¿Cuántas veces te has sentido extraviado entre las interminables opciones de las plataformas de streaming, perdido entre miles de listas de reproducción? Esa misma sensación de  perderse aparece en los centros comerciales con estacionamientos inmensos, en los aeropuertos abarrotados de salas, entradas y salidas o incluso en ciudades que, aunque pequeñas en territorio, se sienten tan enormes que te parece imposible coincidir con alguien a quien extrañas.

Siempre he preferido los lugares íntimos. Tal vez por influencia de mi papá, que repetía que las cosas valiosas se cuidan y, cuando por fin las encuentras, hay que conservarlas.

Hace unas semanas regresé a la ciudad y volví a sentirme perdido. Y eso que Cuernavaca no es precisamente una metrópoli, pero ha cambiado tanto que cuesta reconocerla. Lo bueno sigue ahí, pero ya no aparece tan rápido.

Comencé mi recorrido por los sitios de siempre, observando con más atención a fin de no perderme nada, confiando en que mi memoria resistiera mejor que la de mi padre al paso del tiempo. Volver, después de años, inevitablemente despierta nostalgia y la duda silenciosa de si uno tomó la decisión correcta al marcharse.

Mientras caminaba, el aire frío rozaba mis mejillas. Un viento leve movía las pocas hojas verdes que aún resistían, desprendiendo las secas como quien se sacude una pelusa; así caían, ligeras. Entonces lo encontré: el rincón perfecto. Árboles altos, un jardín vivo, un pequeño arroyo, perros paseando felices junto a sus dueños y, a solo unos pasos, arte: murales imponentes.

Mi padre solía traerme aquí. Comíamos en ese jardín, jugábamos, y él me contaba historias sobre el significado de aquellos murales. En aquel entonces le creía todo; sus relatos me inspiraron, me empujaron a irme porque la ciudad comenzaba a quedarme pequeña. Ahora sé que muchas de sus interpretaciones eran suyas y nada más, pero eso ya no importa.

Fue entonces cuando un aroma nuevo —y a la vez familiar— capturó mi atención. Café.

Mi primera reacción fue contraria: ¿cómo es que estos emprendedores capitalistas invaden una atmósfera tan perfecta? Pero el olor, la calidez del día y el encanto del lugar me vencieron. No pude resistirme a lo desconocido: Gramo Café.

Era un espacio pequeño y acogedor, con grandes ventanales, plantas, luz natural… y, sobre todo, un café extraordinario. Me senté dispuesto a encontrar algún defecto que me justificara salir, pero antes de lograrlo se acercó una joven sonriente. Me recomendó un café tostado especialmente para ellos, originario de Xico, Veracruz, y sugirió acompañarlo con un hojaldre de guayaba. No pudo haber acertado mejor.

Gramo estaba vivo: gente conversando, otros trabajando, algunos —como yo— simplemente observando. No pude evitar preguntarme qué era lo que atraía a todas esas personas. ¿Quién tuvo la idea de abrir una cafetería en un sitio como este? ¿Y cómo funciona un negocio así en una ciudad donde todo parece ir deprisa?

Mientras reflexionaba y disfrutaba el aroma de mi taza, la música comenzó a dominar mis sentidos: sonaba Saturn, de Sleeping at Last. La piel se me erizó. Volví la mirada hacia afuera, hacia los murales de Siqueiros, y di otro sorbo a mi café. Sin darme cuenta, estaba sonriendo.

Estoy en casa. Estoy en mi ciudad. No estoy perdido. Regresé.

Y aunque papá ya no está, lo encontré aquí.

Gracias, Gramo Café.

Fotografía por Noé Contreras // Revelada en Utopian Film Lab