Aunque tú no lo sepas

Y es que no fue tiempo perdido… En esos años perfeccioné mi manera de estudiarlo, enlisté todas aquellas cualidades e imperfecciones con las que día con día me enamoraba. No fue tiempo perdido porque logré memorizar su olor y los lunares de su espalda. Logré estudiar su sonrisa y lo que llegaba a provocarla. Estudié sus ojos miel y las lágrimas que brotaban de ellos cuando alguna estupidez salía naturalmente de mí.

Gracias  a esos años aprendí que las curvas de sus orejas lo asemejaban a un duende, que sus dientes no eran perfectos y que su nariz no era su mayor virtud. Sin proponérmelo, también memoricé sus manos, sus pies y todas aquellas cicatrices que rodeaban su cuerpo. Supe que no se daba por vencido; era tan sensible como yo, como todos. Amaba la vida, los riesgos y las aventuras.

Sabía que no había sido tiempo perdido porque con cada: “Te quiero” prendió cada parte de mí. Aún sin proponérselo me hizo sentir amada. Gracias a esto corroboré que el amor a primera vista sí existe y que no siempre es correspondido.

¿Y sabes por qué no fue tiempo perdido? Porque aprendí que enamorarse no estuvo mal, que si te caes, te puedes levantar, que si te amas tienes la capacidad de amar a los demás, de amar como lo amé.

Fotografía: Michelle Owen

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