¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
Bardo nació como el proyecto de dos chicas argentinas viviendo en Madrid, con la intención de traer un poco de la repostería y del ambiente de su país a las calles del barrio. Desde el inicio fue una mezcla bastante intuitiva entre café y espacio de encuentro: no queríamos ser solo un sitio para tomar algo, sino un lugar donde quedarse.

La diferencia, si existe alguna, está en esa intención de cuidar tanto lo que se sirve como todo lo que sucede alrededor: las conversaciones, los libros y las pequeñas cosas que construyen una atmósfera.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
Hay algo especial en la media mañana, cuando ya pasó la primera oleada de gente y el ritmo se vuelve más pausado. Es un momento en el que podemos reorganizar el espacio y prepararnos para la tarde, pero también en el que las personas llegan con menos apuro, más abiertas a quedarse, conversar y compartir con nosotras.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
El chipá es casi obligatorio; forma parte de la identidad del lugar. Es un bollo típico argentino hecho con mandioca y queso. En Bardo lo rellenamos con jamón y lo pasamos por la plancha. No falla.

Y, si es posible, quedarse un rato más allá del café: mirar los libros, observar lo que sucede en las paredes y entender el espacio como algo más que una barra.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
En Bardo organizamos talleres de lectura, cine y teatro, y uno de los grandes retos ha sido sostener esa dimensión cultural sin que se vuelva algo accesorio o meramente decorativo.

Eso nos ha obligado a preguntarnos constantemente qué sentido tiene lo que programamos y cómo dialoga con el barrio, no solo con nosotras. Nos llena de orgullo ver cómo la gente termina sintiéndose parte de la comunidad después de asistir a los talleres.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
La idea de ser, ante todo, un espacio de encuentro. Por eso cuidamos mucho la atención y el vínculo con quienes vienen. Gran parte de nuestros clientes pasan casi a diario: sabemos sus nombres, lo que piden y cómo les gustan las cosas.

No se trata solamente de ofrecer un buen servicio, sino de construir un lugar donde las personas puedan sentirse cómodas siendo quienes son, sin demasiadas expectativas.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
La Buenos Aires, sin duda. Cada viaje funciona como un refuerzo de nuestros valores. Nos inspira el arte que circula, la energía de la gente, la calidad de la comida y, sobre todo, esa necesidad constante de hacer cosas lindas con ingenio.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
Invitaríamos a Liniers. Tenemos una fachada enorme y nos encantaría convertirla en un mural lleno de dibujos e historias. Sería una manera de intervenir el espacio desde lo narrativo y de dejar algo que dialogue con el barrio más allá de lo que sucede puertas adentro.

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
“El trono”. Así llamamos a la gran butaca verde que tenemos en la sala. Ya estaba ahí antes de que existiera Bardo, cuando el espacio era un trastero lleno de objetos pertenecientes a una familia de coleccionistas.

Nos enamoramos de ella en cuanto la vimos y los dueños del local nos la regalaron para que formara parte del proyecto. Hoy es, sin duda, el rincón más codiciado de Bardo.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Probablemente sería un libro de cuentos de Samanta Schweblin: algo fragmentario, lleno de voces y ritmos distintos, donde cada visita aporta una pequeña historia con un leve punto de extrañeza y magia.

Respuestas por Rochi Castilla, socia fundadora de Bardo Café.