Hay artistas cuya obra parece haber sido vista antes que vivida. En el caso de Kati Horna, esa relación se invierte al escuchar a su nieta, Kati Polgovsky Horna, quien la recuerda no desde la historia del arte, sino desde lo cotidiano: una presencia, una casa, una forma de estar. A partir de la exposición “Kati Horna y sus amigos“, presentada en la galería Georgina Pounds, esta conversación propone una lectura desplazada: la de una vida que no se explica en sus imágenes, pero que insiste en ellas.
Entrevista por Emilio Esquivel

Antes de hablar de su obra, ¿cómo recuerdas a tu abuela en lo cotidiano? ¿Qué tipo de presencia tenía?
Muy trabajadora, de oficio, y con una gran valoración por lo cotidiano. No le gustaba estar en el foco; lo que hacía, lo hacía para ella. No la recuerdo tanto trabajando, sino presente. Me dedicaba tiempo. Pasaba todos los fines de semana con ella. Era muy amorosa, muy atenta, tanto con su trabajo como con sus nietos. Siempre hacía sentir especial a quien estaba con ella. Muy modesta.
¿En qué momento dejaste de verla solo como tu abuela y empezaste a entender quién era Kati Horna?
En el año 2000, cuando falleció. Nunca dejé de verla como mi abuela, pero empecé a entender mucho más. Incluso me daba un poco de celos que tanta gente quisiera estar con ella; la querían mucho. Ahí empecé a ver quién era en el arte y en su vida: la guerra, las cosas que perdió, Barcelona, París, Budapest.

¿Hay alguna escena o recuerdo muy concreto que sientas que la define mejor que cualquier biografía?
Nunca dejé de verla como mi abuela, pero entender lo que había sido después me impresionaba. Jamás nos habló del sufrimiento. Era muy humana, muy honesta. Sentía ese amor incondicional que no se vuelve a sentir. Tenía algo muy especial, una especie de magia, de misticismo.
¿Cómo hablaba de su pasado —Europa, la guerra, el exilio—? ¿Había algo que evitara contar?
Hablaba de su familia —su mamá, sus hermanas—, de sus amistades, pero nunca la escuché hablar de la guerra. Le encantaba el lago Balatón y la isla Margarita. Tuvo una infancia muy linda, rodeada de jardines y familia.
¿Qué tipo de humor tenía? ¿Cómo se relacionaba con los demás en lo cotidiano?
Tenía un carácter un poco de gato. Era muy humana, la persona más honesta que podías encontrar. Decía que era alérgica a la pregunta “¿de dónde eres?”, porque, a pesar de su acento, se consideraba mexicana por el amor y la paz que encontró aquí.

¿Cómo describirías su forma de mirar el mundo, incluso fuera de la cámara?
Era muy positiva, a pesar de todo lo que vivió: perdió a su esposo, a un hijo, y crió como madre soltera. No importaba lo que pasara: era trabajar, disfrutar, apreciar. Muy discreta, nunca quiso más de lo necesario. Creo que después de atravesar lo peor, veía todo de otra manera. Odiaba la política y la burocracia.
¿Sentías que construía imágenes todo el tiempo, incluso en la vida diaria?
No. Le dedicaba el momento al momento. Si estaba en el parque, estaba en el parque. Si trabajaba, trabajaba. Pero no siempre traía su cámara: vivía.

¿Qué crees que no se termina de entender de su obra hoy?
No es que la gente entienda o no; cada quien le da un sentido distinto a sus fotografías. Eso es lo mejor de su trabajo: cada quien puede darle su propio significado. Nadie más vivió su vida.
¿Llegaste a verla trabajar o a escucharla hablar de cómo hacía sus imágenes?
Sí. Decía que, para hacer un buen retrato, tienes que ver la luz en los ojos de quien retratas. Y que la cámara no es un obstáculo: el obstáculo es uno mismo.

¿Qué relación tenía con los objetos, los escenarios, lo construido dentro de sus fotos?
Los objetos que elegía parecían cobrar vida. Tenía una relación muy particular con ellos, muy precisa.
¿Era más intuitiva o más meticulosa de lo que parece su obra?
Intuitiva, cien por ciento.

¿Cómo vivía su lugar entre Europa y México? ¿Sientes que México transformó su mirada?
México le dio paz, confianza, le dio vida después de todo lo que vivió en Europa. Esa vida se transformó en creatividad y tranquilidad. Aunque también extrañaba mucho su hogar.
¿Cómo era su relación con otros artistas o con el ambiente cultural aquí?
Construyó un mundo dentro de su casa. La gente iba, se reunían, hacían tertulias, creaban, platicaban, había fiestas. Muchos preferían quedarse ahí: P. Friedeberg le contó a mi mamá que Edward James incluso prefería dormir en un sillón de la casa antes que irse a un hotel, porque decía que ahí se sentía el calor de hogar.

¿Qué significa para ti heredar su obra y su archivo? ¿Es más una responsabilidad, un diálogo, una carga?
Para mí es simplemente cuidar de su trabajo y su vida, y compartirlo para que todos puedan acceder a ese mundo que ella creó.
¿Qué crees que revela esta exposición de ella que antes no era tan visible, y cómo te gustaría que el público se acercara a su trabajo hoy?
Me gustaría que la gente se acerque con curiosidad. En esta exposición hay fotos inéditas que nunca se habían mostrado, y eso me hace muy feliz. Que se acerquen a su trabajo con curiosidad.

(1912-2000) Fotógrafa mexicano-húngara. Exilio, guerra y surrealismo en imagen. De Budapest a Berlín, París y Ciudad de México. Entre prensa ilustrada, anarquismo y lo onírico. Mirada experimental, humor sutil, memoria en fuga.