La otra noche soñé que se me caían los dientes
y no me desperté.
Durante la vigilia,
yo caminaba con las encías desnudas, inflamadas,
probando palabras que ya no podían sostenerse.
Bajo la luz enferma del baño verde, mi reflejo adquiría
una precisión casi clínica: las encías abiertas,
irregulares, palpitando con una vitalidad ajena,
como si no me pertenecieran del todo.
El baño estaba iluminado con una luz
de hospital antiguo, de baldosas que guardan
secretos que nadie limpia del todo.
Entré sin urgencia, como quien cumple
un protocolo inevitable.
Abrí la boca frente al espejo.
Mi reflejo en la sangre no era exactamente mío:
había algo desplazado en la mirada,
una frialdad técnica, casi forense,
como si yo misma evaluara el deterioro
con una distancia profesional.
Los dientes acumulados en el lavabo
parecían piezas de archivo,
evidencias de una autopsia íntima.
Intenté contarlos.
No por esperanza, sino por método.
Pero cada vez que alcanzaba una cifra,
otro caía,
otro cedía,
otro se desprendía con ese sonido mínimo
que solo existe en los sueños
y en los cuerpos que ya no se defienden.
Y entonces,
dejé de contar.
No por cansancio,
sino porque el número
había dejado de significar algo.
La pérdida no necesitaba medida,
ni orden,
ni registro.
Seguían cayendo,
con una obediencia extraña,
como si respondieran
a una lógica anterior al dolor.
Como si ya estuviera decidido
mucho antes
de que yo abriera la boca.
Intenté cerrar la mandíbula,
detener el proceso,
interrumpir esa mecánica silenciosa;
pero algo permanecía abierto,
insistente,
fuera de mi control.
Y entendí
que no era una caída,
sino una forma de revelación.
Fotografía por Frank Scaramuzzo

(2004, Mérida, Yucatán) es estudiante de artes interesada en la exploración de lo íntimo, el cuerpo y la memoria a través de la escritura y la imagen.
