A menudo me pregunto por qué yo. Es como si sintiera que no soy suficiente, como si no fuera digna de ser yo a quien elegiste de entre todas las personas esa noche.
Aun así, me cuestiono si esa decisión fue un error, si fue por aburrimiento, si yo tengo algo de especial.
Los últimos cuatro meses he dejado todo por ti. Descuidé mi trabajo muchas veces por unos minutos más a tu lado y llegaba a casa al amanecer con una sonrisa ingenua.
Tus ojos, tu risa, tus labios, tus muecas, tus manos, tu habilidad para hacer que yo hiciera lo que dijeras… me permití cegarme por la belleza. O al menos eso me repito en voz alta cada vez que recuerdo cómo toleré que me humillara alguien como tú.
Sacrifiqué “lo estético sobre lo afectivo”. Es absurdo y totalmente entendible, pero me cuesta comprender cómo es posible que después de tanto y a la vez de tan poco, ahora me sea imposible mantener cercanía con otros. Inmediatamente pienso en ti y en que quisiera que siempre fueses tú.
Es ilógico que una vez de tantas mirara el rostro de alguien más en el tuyo. Y es ridícula la manera en que algo tan simple como llamarte “mi amor” ocasionó que me amaras con desesperación; aunque después fuiste incapaz de llamar por semanas.
Quisiera olvidarte, perderte para siempre y que nada de esto sucediera así. Ansío que tu cariño sea tan real como tu deseo, pero es irracional pedir algo como eso.
Constantemente me cuestiono si realmente estoy enamorada o solo es barahúnda emocional, un vínculo confuso que me terrorea la vida adulta. Es algo ilógico pensar que me quieres si realmente no nos conocemos y estos meses han sido meramente salaces.
Un desperdicio de emociones: el no poder desbordarme de ellas y hacerte saber cuánto me importas. Pero ahora entiendo que no es el fin del mundo si no me quieres de vuelta.
Fotografía por Pedro Saavedra Guzmán // Revelado y escaneo por Hilitos Lab

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