Por primera vez no le tuve miedo a la oscuridad; me quedé contemplándola como si fuera una vieja amiga que hace mucho no veía. Mis intenciones no eran más que ignorarla, pero ahí estaba ella, inundando mi cuarto, postrada en todo lo que no alcanzaba a distinguir. Me sorprende que no tenga temperatura o textura alguna; como un camaleón, se adapta a lo que sea y, para mi mala suerte, se ambienta conforme a mi estado de ánimo. Creí que cerrando los ojos se iría. El resultado fue aún mucho peor que el problema inicial: ahora estaba en mi mente, vagando por mi cabeza, invadiendo mis sueños y recuerdos. En cada uno de ellos ya había estado y jamás me había percatado de su presencia; nunca la tomé en cuenta, solo era una pequeña mancha negra en cada uno de ellos. Cuando al fin me armé de valor para confrontarla, comencé a sudar; mi cabeza iba y venía, mi pulso se aceleró considerablemente, el aire presionaba mi pecho y las palabras querían estallar como una bomba. Ya iba a gritarle, le diría que se fuera de mi vida y no volviera nunca más. Fue demasiado tarde, ya que cuando pronuncié la primera palabra, ella me abrazó como nadie lo había hecho, me arropó con su túnica y me cantó una canción de cuna al oído. Me adoptó como su hija, me durmió como si arrullara a un recién nacido, me llevó hasta mi cuna y ahí me dejó, en un sueño del cual jamás volví a despertar.

Fotografía por Larren Lee.