World’s greatest dad

3 febrero, 2019

Cuando nací pesé poco más de un kilogramo, era pequeña y muy frágil. Mi papá dice que tenía las manos chiquitas y flaquitas, los guantecitos que mi abuela tejió para mí se me resbalaban al tenerlos puestos.

Mi madre tuvo un episodio fuertísimo de algo llamado depresión post parto, durante el embarazo pasó por un proceso de divorcio tormentoso con un hombre mujeriego y violento, lidió con toda esa mierda y lo que implica estar embarazada a los 30. No la culpo, no fue fácil para ella.

Esta es la parte a la que le llamo: sangre sudor y lágrimas.

Mis primeros meses de vida fueron difíciles porque no me amamantó, dado a su estado de ánimo le fue casi imposible producir la suficiente leche, además no quería hacerlo. Yo era muy mala aceptando las leches en fórmula pero de pura chingadera acepté la fórmula más cara de la farmacia, siempre he sido de gustos refinados.

Después de algunos meses me diagnosticaron una enfermedad en la piel, razón por la cual mi padre debía de tener especial cuidado con todo lo que yo vestía, comida y hacía.

Habían pasado algunos años desde mi nacimiento, mi mamá me abandonó completamente por primera vez cuando yo tenía 3 años, después mis padres volvieron y nos volvió a dejar cuando yo tenía 8, decía que mi papá ya la tenía hasta la chingada pero yo me sentía la niña más afortunada del mundo cuando vivíamos bajo el mismo techo.

No sé por qué chingados volvían si ya estaban divorciados, no me pregunten porque estoy segura de que ni siquiera ellos mismos lo saben.

Eso del abandono fue especialmente difícil para mi papá, no la estaba pasando bien, recién había fallecido su madre y pasaba por problemas económicos porque él tenía que mantener a tres hijos además de mí. Mi madre no lo dejaba ni a sol ni a sombra con la pensión y no sé cómo fue, pero una vez nos dejó casi en la calle.

Los años siguientes fueron aún más difíciles, había menos dinero y más gastos. Mi padre tenía tres trabajos, su itinerario de lunes a viernes era algo así:

  • Despertar a las 4 AM.
  • Bañarse y vestirse.
  • Meter en la lonchera su comida y la mía, incluyendo lo que comeríamos por la tarde.
  • Bañarme, vestirme y peinarme.
  • Conducir dos horas hacía al trabajo.
  • Trabajar como maestro de 7 AM a 1 PM.
  • Ingeniárselas para llevarme a las 8 AM a la escuela que estaba a dos cuadras.
  • Ingeniárselas para recogerme de la escuela.
  • Ingeniárselas para ayudarme a hacer tarea.
  • Ingeniárselas para llevarme a casa de la señora que me cuidaba.
  • Trabajar como prefecto de 2 PM a 8 PM.
  • Llegar a casa a las 10 o 10:30 PM.
  • Cocinar el desayuno, comida y cena para el día siguiente.
  • Bañarse.
  • Bañarme.
  • Respirar un poco.
  • Dormir.
  • Despertar y repetir el ciclo.

Los fines de semana era un poco menos cansado, podía levantarse a las 7 am y prepararme algo de desayunar, no tengo muy claro lo que mi papá solía hacer los fines de semana, creo que vendía coches de dudosa procedencia, que bueno que nunca lo metieron a la cárcel, yo habría ido a un orfanato.

La rutina no siempre fue así, eventualmente mi padre consiguió cambiarse de escuela y poder trabajar mucho más cerca de casa, no sé cómo chingados le quedaba tiempo para tener más de una novia (vatos NEVER change)

Mientras todo pasaba y mi papá trataba de hacer lo mejor que podía, yo estaba concentrándome en ser feliz. Si me lo preguntan, nunca sentí la ausencia de mi madre hasta que fui adolescente y era testigo de lo maravillosa y diferente que era la vida de mis amigas contándole todo a sus madres, ahí fue cuando me cayó el veinte de que no tenía mamá y si, fue muy triste.

Durante toda mi niñez soporté a niños pendejos haciendo burla por la “triste” situación en la que me encontraba por no tener mamá, también solían burlarse de mí por mi físico y mi color de piel, yo era la perfecta niña bulleable. Gorda, prieta y bien tronca para los putazos.

Al principio me afectaba mucho, pero los concejos de mi padre siempre eran “si te dicen o te hacen algo suéltales un putazo”, yo obedecí, así fue como terminé siendo alumna de 4 primarias distintas.

La rutina de mi papá de repente dejó de ser tan complicada con mis constantes cambios de escuela, ya que mi hermana mayor le ayudaba un poco conmigo. La amo.

Durante mucho tiempo tuve esta idea de odiar a mi madre por no quererme, me costaba mucho trabajo aceptar que una madre no quisiera a su propia hija y le atribuía a ella todos mis males habidos y por haber.

Cuando crecí y tuve la posibilidad de ir a terapia, me di cuenta de que esas cosas pasan siempre y no me puedo sentir mal solo porque mi propia madre no me quiere, eso nunca define lo que eres, lo que vales o la capacidad que tienes para querer a otros o para que otros te quieran.

Los padres abandonan todo el tiempo a sus hijos. No se hacen cargo de ellos, van por cigarros a Toluca, nunca regresan y a la sociedad le da igual. Pero una mujer no puede hacer lo mismo porque entonces es una “madre desnaturalizada» , «mal parida” o «la peor mujer del mundo», no hermano, no lo creo.

Además mi mamá sí avisó que me dejaba y las razones, no es que deje de ser cruel su abandono, pero no se fue sin avisar, así como tu papá al que no ves hace años o que en el peor de los casos, nunca conociste porque se fue por cigarros antes de que nacieras. Es duro, lo sé.

Ella no se sentía bien para cuidarme y asumir la responsabilidad de ser mi madre, pudo cuidar a mis demás hermanos antes y después de mí, pero a mí no. Y no la voy a culpar, tal vez yo significaba algo con lo que no podía o quería lidiar.

El acto más grande de humanidad que hizo por mí esa mujer fue dejarme a cargo del mejor papá del mundo, a quien jamás en la vida he escuchado quejarse o renegar de todo lo que tuvo que hacer por mí. Y le agradezco infinitamente por eso.

En definitiva no tengo madre, pero tengo un papá que transformó su violencia y aspectos negativos en puro amor.

Fue capaz de no dormir nada porque prefirió cocinar y planchar mi uniforme, condujo más de una hora al trabajo cinco días a la semana durante más de dos años, sostuvo mi mano en el piso 7 de un hospital donde le dijeron que era mejor que me llevara a casa a «morir en paz» y aún me espera para cenar todos los días sin importarle que yo ya no tengo 15 años.

Y le amo infinitamente.

Fotografía por Nastya Pestrikova

por

La vida es una constante de desgracias, siéntate a leer.