Al morir quiero que mi cadáver quede helado,
que las cavidades de mis ojos se llenen de polvo,
que mis dientes se pierdan en las arenas del tiempo,
que mi cerebro se contraiga y mi craneo quede hueco,
que mi sangre, antes caliente, se reseque en mis venas,
y que las cicatrices que la vida ha escrito en mi piel
se pudran y se pierdan por los siglos de los siglos.
Ya vendrán otros que en sus corazones guarden
los mismos anhelos inútiles,
los mismos deseos insatisfechos,
la misma ambición estúpida que yo.
Ya vendrán otros que vivirán sus éxitos y fracasos,
así como ahora los vivo yo.
Más temprano que tarde,
todos pasaremos a una oscuridad sin razón.
Por eso quiero que en mi cadáver no quede nada.
Agotar la vida entera en vivirla,
y que de ella no quede vestigio en mi cuerpo.
Fotografía por Larren Lee // Rev/Scan en Foto Hércules

