Una trampa

¿En qué piezas o proyectos has estado trabajando últimamente?
Últimamente trabajo en un proyecto que me consume de manera lenta. Se llama Lo Bello y lo Sublime, un título robado a la estética kantiana pero vomitado en las calles húmedas de Oaxaca, entre fiestas góticas, maquillaje corrido, y personas que bailan como si el mundo ya hubiera terminado.

Es un fotoálbum, sí, pero también es una novela. O mejor dicho: es una trampa. La historia comienza cuando un escritor —uno de esos que regresan derrotados del extranjero con olor a soledad— recibe el encargo de escribir una biografía sobre Alejandra Vidal Olmos. Sí, la misma, la de Sobre héroes y tumbas. Como si un personaje pudiera tener una biografía. Como si no la tuviéramos ya todos. Pero lo curioso, o lo terrible, es que mientras el protagonista intenta reconstruir a esa Alejandra, encuentra unos ensayos escritos por su exnovia —también llamada Alejandra, también firmando como A.V.— que llegaron por correo mientras él estaba lejos, huyendo de no se sabe qué, quizás de ella, quizás de sí mismo.

El libro se arma como una especie de cadáver exquisito. Fotografías en blanco y negro de eventos góticos en donde los cuerpos parecen buscar consuelo en la sombra, intercaladas con capítulos de esa novela. Y ahí el protagonista se derrumba poco a poco, pensando en la Alejandra real, en sus ensayos, en los gestos que no entendió, en un libro que él escribió en 2020 y que ella prologó: Lo Bello y lo Sublime. Un libro que afirmaba que la caída de Satanás no fue una rebelión, fue un acto estético. Que Satán fue el primer poeta del universo. 

Este proyecto no tiene redención. Sólo rostros borrosos, humo de cigarro, relatos cruzados. Pero hay algo más. Las fotos. Esas fotos que dentro de diez años alguien mirará y dirá: yo estuve ahí. Aunque en realidad no estuvieron. Aunque en realidad todos estábamos perdidos.

¿Qué aprendiste (o desaprendiste) mientras trabajabas en ello?
Lo que aprendí es que se necesita estar ahí, con la cámara temblando entre las manos, como si fuera un revólver. Descubrí una técnica absurda, cubrir una parte del flash con el dedo. El resultado es una sombra que muerde la fotografía, una pequeña oscuridad que parece venida de otro mundo. Un eco visual. Una atmósfera. Un animal dormido sobre el rostro del retratado.

Pero eso es solo lo técnico. Lo otro, lo esencial, lo que aprendí con más claridad, es que para fotografiar a alguien hay que dejarlo hablar. Que te cuente lo que teme. Que ría. Que beba. Que se rompa un poco. Que olvide que hay un cuerpo de por medio, una cámara, una lente, una luz. Entonces sí: el retrato deja de ser una imagen. Se convierte en  un secreto.

Todavía recuerdo una sesión con un modelo afgano-estadounidense en Nueva Orleans. Mientras lo fotografiaba, él parecía despojarse de todo: su historia, su género, sus pasaportes. Lo vi volverse aire. Y eso quedó en la imagen, o al menos eso quiero creer.

Y luego está el alcohol. No como musa, sino como brújula rota. Tuve una racha —peligrosa, sí, pero también luminosa en su obscuridad— en la que tomaba fotografías borracho, a veces tan ebrio que olvidaba haber disparado. Revisaba la cámara al día siguiente como quien encuentra un cuaderno de otro, un cuaderno lleno de visiones. Y a veces me preguntaba: ¿yo hice esto? Y la respuesta era sí. O no. O alguien que se parecía mucho a mí y que sólo aparece cuando uno se olvida de sí mismo.  Como los verdaderos fantasmas.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban la cabeza?
Pensaba mucho en la palabra “fantasma”. Porque cada persona que retratas está, en el fondo, a punto de desaparecer. No importa si sonríe o si posa como una estatua. Está en tránsito. Está muriendo un poco. Como todos. La fotografía no detiene el tiempo, eso es una ilusión; lo que hace es certificar la desaparición. Y esa ilusión era dulce y cruel. Como besar a alguien sabiendo que se irá en la mañana.

A veces me asaltaba la idea —tonta, adolescente, y sin embargo persistente— de que yo también quería ser bello y sublime. Que mi vida fuera una imagen digna de recordar. Pero eso es imposible. La belleza no se habita, se persigue. Es una trampa. Un cuchillo con forma de flor.

Y en las noches, sobre todo en esas noches lluviosas de Oaxaca, me sentía acompañado por una palabra antigua, rota, irrepetible: perdido. Perdido como Satán en su caída estética. Perdido como un fotografo que se enamora de la misma mujer en dos cuerpos distintos. Perdido como quien toma una foto sabiendo que en diez años alguien dirá yo estuve ahí, y no sabrá si miente o si recuerda.

¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
Sí, claro. Todo se cuela. Uno trabaja como si escribiera con la puerta cerrada, pero en realidad siempre hay alguien espiando por la rendija. En mi caso, fue The Ballad of Sexual Dependency de Nan Goldin la que entró primero, como una herida que no se cierra. Su fotografía me duele y me seduce. Hay algo en esos cuerpos sudados, en esos cuartos sucios, en esas fiestas donde la belleza se mezcla con la ruina, que me recordó a mi propia forma de mirar. Y de vivir.

También el Sofia Coppola Archive, como si el cine de ella —, tan lleno de silencios en donde caben todos los gritos— me hubiera enseñado a usar el flash como si fuera un recuerdo. Todo eso se quedó flotando mientras trabajaba. Como una atmósfera. Como un perfume que uno no se puede sacar de la ropa.

La revista ERRR Magazine también estuvo presente. Por sus textos,  por su espíritu. Esa especie de juventud lúcida que se resiste a madurar, que convierte la tristeza en una estética. Leía sus páginas como quien hojea un diario ajeno, y encontraba algo ahí. Una voz que decía: no estás solo en esto de no saber quién eres.

Y detrás de todo eso, un paso atrás estaba mi biblioteca. Todos esos libros que he leído y olvidado, que me han leído ellos a mí sin que yo lo supiera. Porque uno no escoge sus influencias, sus influencias lo escogen a uno. Y de pronto te das cuenta de que estás escribiendo con la voz de un muerto, o tomando fotos con los ojos de alguien que nunca conociste. Así fue. Así es.

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Sigo a una fotógrafa de mi ciudad. No la conozco en persona. Sus retratos no son retratos, son símbolos. No importa a quién le tome la foto, en todos aparece una misma figura: la espera, la ternura, el temblor.

Me gusta porque no ha perdido el origen. No se ha dejado domesticar por los filtros ni por las modas que huelen a nada. Tiene algo brutal, antiguo. Como si cada imagen fuera una reliquia de una ciudad que ya no existe, pero que ella insiste en rescatar con la cámara. Y eso, en estos tiempos, es casi un milagro.

Estoy seguro de que si le diera una cámara cualquiera —la más obsoleta, una de esas que uno encuentra en los cajones de los muertos—, me devolvería al menos una foto buena. No técnicamente buena, sino vital, rota, con alma. Como si la cámara no fuera una herramienta sino un animal dormido que sólo despierta con ella.

Su cuenta es wolkedestages Ella es de aquí, de esta ciudad. Ojalá algún día coincidamos. Y no para hablar de arte, ni de técnica, ni de estética. Ojalá hablemos de otra cosa. Del clima, de gatos, de la vez que casi nos morimos de amor, o de cualquier cosa.