TRANSFORMACIÓN

Esta mañana, mientras bebía mi primera taza de café, tuve la impresión de no ser yo. No sé si me explico: desperté, me lavé los dientes, oriné y me bañé siendo una persona, pero tan pronto bebí el primer sorbo de café me convertí en otra.
En la antigüedad se creía que una misma persona podía habitar diferentes cuerpos al mismo tiempo; los creyentes de esta rama de la parapsicología afirmaban poder ver a través de los ojos de otras personas; para ellos el cuerpo no era sino un receptáculo de carne, huesos y nervios del que el alma podía desplazarse a la postre de una caprichosa voluntad. Podríamos pensar entonces en el cuerpo como un transporte de algo que, de otra forma, no tendría forma de manifestarse (aunque los creyentes en espíritus y fantasmas podrían afirmar lo contrario).
Así, en el lapso que no fui yo, me vi transformado en un dibujante de historietas que ponía empeño en entintar con maestría su última obra. Tenía una taza de café en la mano y se preparaba para culminar los últimos trazos de la que planeaba ser su obra maestra. Estando allí, como una especie de huésped dentro de él, me resultaba incómodo hablar, por lo que me mantuve tan callado como me fue posible. El problema es que, al parecer, la voluntad del alma casi siempre se traduce en el deseo de arruinar el trabajo ajeno, y justo cuando el dibujante posaba una mano de pulso certero en el papel, con pulso tembloroso, mi alma arruinó su obra. El artista golpeó el restirador de trabajo y arrancó la hoja de papel en la que trabajaba hecho la furia, justo mientras mi alma abandonaba su cuerpo, orgullosa por el desastre que había hecho.
Por la tarde he encendido el televisor y en las noticias han anunciado el suicidio de un dibujante de cómics serbio muy conocido. Quiero creer que se trata de una simple coincidencia que el mismo día en que a mi alma se le ha ocurrido entrometerse en el cuerpo de un dibujante de historietas, una persona que se dedicaba al mismo oficio se quita la vida. Es una coincidencia, repito para mis adentros. Pero mi alma, que ha viajado miles de kilómetros en segundos para arruinar el trabajo ajeno, tiene la certeza de haber logrado su cometido, y se ríe de mí.

Fotografía por Pierre Wayser