Nunca pensé que mi tumba sabría a chile en polvo. A los siete robé mi primer sobrecito, lo vertí directo en la lengua y lloré. Ardió. Escupí. Pero volví.
Después, descubrí el azúcar en polvo. No como dulce: como droga. El picante abría heridas; el azúcar las lamía. Amor y castigo. Sexo sin piel.
Conocí a Elly y Marco: ella fumaba como si el cigarro fuera oxígeno; él esnifaba coca como si quisiera borrarse. Una vez me metí chile hasta que sangraron mis encías, mezclado con azúcar glass, ácido cítrico y hasta un pétalo del ramo que me dio mi padre.
Vomité mis dientes. Sangré por los ojos. Elly, que estaba enamorada de mí, se fue con una nota. Marco desapareció.
Seguí. Disfrazando lo enfermo de hábito. Me lavaba los dientes seis veces antes de meterme otra mezcla en la lengua.
Una noche, escribí en mi libreta: Me ardió más tu silencio que todo lo que me metí.
Encontraron mi cuerpo con una caja metálica vacía, un diente en una servilleta y olor a rábano.

Estudiante de letras que escribe como si escupiera. A veces con sangre, a veces con chile y con azúcar.
