Cuando me enteré de que había una tienda en una cueva con río subterráneo, supe que debía trabajar ahí. Acudí la misma tarde que supe de su existencia luego de preguntarle a una amiga dónde compró una escultura de arcilla. Esa misma tarde acordé un contrato verbal. Siempre necesitaban gente en las madrugadas. Renuncié al trabajo anterior, en la torre, donde la mayor parte del tiempo solo atendía ancianos. Ya empezaba noviembre con el aire helado y el sol seco de sus primeros días que decidí nunca volver a experimentar en un lugar tan lleno de polvo y quejas. Así como me atrajo vivir en un punto céntrico donde todo pasara, me movilizó trabajar bajo el calor de una luz anaranjada. Por razones meramente geográficas, la torre se entendía como el centro de la ciudad, como el lugar donde todas las cosas deberían suceder. Una mentira.
En la tienda me dediqué a vender, almacenar y crear figuras de arcilla, lo que distraía mi mente. Temía que las tareas mecánicas no me ocuparan por completo. No pocas veces había sucedido, pero aunque con el tiempo gané pericia y mi cabeza estaba más despejada, me seguía distrayendo con mi alrededor. El río traía consigo reflejos de luz que se extendían hasta el interior de la cueva y me empujaban como un susurro. Me gustaba pensar que había pequeñas láminas de oro por aquí y por allá. Pero me corrijo: el río no traía luz, pues discurría hacia el exterior; la luz misma llegaba por medio de piedras singulares que se cargaban durante el día para resplandecer en la noche. Muchos clientes me pedían incrustar piedras que habían recogido del río en sus figuras de arcilla. Como en tantas ocasiones, el origen de la luz era el sol.
Así pues, bajo la asistencia de estos destellos y la luz anaranjada de las lámparas, creaba las figuras de arcilla más pequeñas que vendíamos. Constaban de una versión exagerada de las sonrisas de las personas que visitaban la cueva. Las mostraba, esperaba aprobación de los clientes y las dejaba en una caja que tomaba mi jefa. Ella las llevaba a una habitación a la que nunca entré. Mi jefa salía de un momento a otro con las figuras ya listas. Las variaciones de las sonrisas no eran tantas como podría pensarse, pero las combinaciones con los diversos tipos de ojos y dimensiones de la nariz y quijada tenían resultados interesantes. Con el tiempo dejó de sorprenderme que las personas más groseras podían tener las mejores sonrisas. Los niños siempre se quejaban de sus sonrisas, me decían que esas sonrisas eran mías, no de ellos. Tomaba las figuras, les daba la espalda fingiendo hacer nuevas versiones y las mostraba de nuevo. Normalmente elegían la tercera “versión”.
Cierto día la distracción me llamó. El río no susurraba como de costumbre; llegaban murmullos. ¿Cómo explicarlo? El aire parecía más concentrado, sentía que necesitaba menos de lo usual. Caminé. Pisé lodo que se volvía cada vez más frío. El lodo, inconsistente, tenía coágulos de polvo. Sentí raíces: papá o rábano. Caminé. Por el aire los ecos iban en sentido contrario y parecía acercarme a las voces del exterior. Quería llegar al inicio del río y fundirme.
Fotografía por Gael Guadarrama
*Cuento publicado también en Infinita Literaria.

