
En un viacrucis viviente camino.
Cargo la cruz de mis decisiones:
por decidirme a vivir la vida como una obra de Shakespeare,
por decidirme a poetizarla en este papel.
Condenada a muerte por el rescate
de un corazón en llamas.
Ellos no saben que:
si no he de poner en palabras la sangre que envenena,
mi cuerpo será hogar de la necrosis.
Corona de espinas sobre mis ondas:
la cascada escarlata baña mi frente, mis mejillas.
Asomo mi lengua para saborear mi veneno:
el dulzor de la locura, el amor y la nostalgia
desembocan en un mar rojo a mis pies.
Cada azote que me propina la vida
es una elegía, un romance más.
Si tres veces me caí con mi cruz,
tres mil veces la puse de cabeza
con rituales de rimas y alegorías.
Hasta que crujió en mi espalda
y condenada fui a la hoguera.
Lacerada mi confianza, mis esperanzas
por fariseos de sangre tibia, insípida;
incapaces de degustar el vino
que destilan mis palabras, mi corazón:
“Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre,
sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por ustedes y por muchos
para el perdón de los pecados”.
La sangre fue derramada,
pero no en sus gargantas.
Éramos yo, mi sentencia de muerte en la madrugada
y el cáliz de mi sangre, derramado en estas páginas.
Redimida por mi propio veneno,
perdonada por el pecado de amar al pinche prójimo:
al Judas traidor que me besó, a mis amores Anás y mi Caifás;
a esos cabrones, nunca más.
La alianza nueva y eterna es conmigo misma.
Hago esto en conmemoración mía.
Crucificada en mi lápida, en mis poemas,
mi hoguera se aviva y arden en llamas;
mi voz, reencarnada en el verso libre;
mis contradicciones de vida, en el oxímoron;
y mi forma de amar, en la ensangrentada hipérbole.
Calcinada mi carne, pero jamás mi alma.
Muerta, pero no para salvar a mis verdugos;
sino para salvarme a mí misma.
Salvar a mi palabra de la muerte
y resucitarla conmigo, cada ocaso.
En la noche del Domingo de Pascua
levita mi cuerpo y danza con la muerte.
Las noches son para que la poesía sea arcaísmo:
revivir mi latiente catarsis;
revivir la acronía de un beso a mi fiel y difunto amor.
Las noches son para salir de mi ataúd
y ser verso libre en el aire.
Fotografía por Eliza Trejo // Rev/Scan en Fotograma Film Lab
