Realidad inmediata 

Odio el contraste. No lo tolero. Hablo del contraste marcado, el que incomoda, el que te obliga a distinguir y el que genera prejuicios. No hablo de una variación sutil, sino del que va de blanco a negro en un tris. No me gusta ser parte; el contraste denota una desigualdad no elegida, la realidad obligada, normalizada y conservada para formar un equilibrio falso en una sociedad hipócrita. No me gustan esos contrastes; observarlos me repudia y acongoja.

Camino así, pensando en lo que sucede y en lo que veo, a veces analizo lo que hago. ¿Estaré haciendo lo correcto? Finjo que camino igual que los demás, que me emocionan las cosas. Me abrumo tanto y camino más rápido, tal vez si me canso pueda pensar que me duelen los pies, en lugar de inundar mi cabeza con pensamientos poco agraciados sobre lo que significa todo esto.

No encajo, pero, ¿alguna vez lo hice? Y es que tampoco me interesa encajar. Solo trato de sobrevivir a la cotidianidad y, a veces, después de ello, hablo en voz alta, repito situaciones del día, frases que mañana olvidaré, porque de alguna manera lo sé: no pertenezco aquí.

La chica del metro trae un ramo de flores que probablemente alguien le regaló instantes atrás, y que dentro del mundo de casualidades, hace juego con su vestido; las flores parecen sacadas del vestido en sí. Seguro que quien se las dio sabía que le gustaban porque encajan perfecto con el atuendo que lleva hoy, ¿qué probabilidades hay de eso?

Me gustan las hortensias. Es mi flor favorita.

Nada es estático y evoluciona, nada es estático y evoluciona. Repítelo, apréndelo y haz algo al respecto.

Siempre llego muy temprano y siempre me voy muy tarde; llego cuando no hay nadie y me voy cuando todos los demás ya se han ido. Procrastino tanto en lo habitual para no pensar. Después de ello, voy camino a casa; aún me faltan 1.8 km para llegar a la estación de metro. Voy andando, mi espalda duele un poco por el peso material que cargo. Camina más rápido, pienso. Mi caminata es lenta; si llego temprano a casa me inundará la nostalgia de lo inusual.

Escucho música todo el tiempo, me agrada, es mi cúpula, mi domo y siempre lo será.

Me da miedo que llames, pero me da más miedo que nunca lo vuelvas a hacer. Ya sé que me odias, lo sé. ¿Podemos besarnos, ya?

Maldición, ya no aguanto un solo día, muero por verte, muero por verte.

Esta vez no siento nada, esta vez no quiero ser el motivo de la explicación […].

Voy a tirarme al suelo sin pensarlo demasiado.

Y descansar… del tráfico.

Fotografía por Ilse Cabanillas // Rev/Scan en Foto Hércules