Se me ocurre un juego;
contar hasta tres,
pensar una pregunta
que no hayamos hecho,
algo que en el fondo
nunca quisimos saber
del otro.
Ignorar las advertencias
de la noche,
hablar en voz baja
de cosas que no sabíamos
que eran secretos.
Quedarnos en el piso
con el brillo todavía en las manos
mientras dices:
tu piel se parece al vidrio
que desgastaron las olas,
algún día voy a dibujarte,
y a mí se me juntan las palabras
en los ojos.
Luego dormir
antes de que se me ocurra otra cosa:
volver a los lugares
donde nunca terminé
de conocerte.