A Ernesto Velázquez Solórzano

Llegó el veintitrés de diciembre por la noche al aeropuerto de Barajas, España, sin embargo antes de poder salir a caminar por las calles de Madrid, en la última revisión de documentos, un policía le pidió su pasaporte, lo detuvo de forma imprevista y lo llevó a una sala pequeña y apartada con otros extranjeros, todos eran latinoamericanos; argentinos, guatemaltecos, chilenos, peruanos, venezolanos.

El pretexto para atajar su camino fue, según le dijeron, que su boleto no tenía fecha de regreso a Culiacán, Sinaloa. Él explicó el motivo. Lo había obtenido por un amigo que trabajaba en Aeroméxico, era un derecho laboral ganado por el sindicato, ellos podían obtener boletos para sus amigos, les hacían un descuento de empleado pero sin fecha de regreso. Así lo expedía la empresa, así había visitado Bilbao el año pasado y así había conocido París y Alemania el año antepasado.

Ahora regresaba a festejar el cumpleaños de su hermana a la que le había llevado una bolsa de tamarindos y otra de hojas de Jamaica.

—Mire mi pasaporte. Ahí vienen registradas mis entradas y mis salidas de la unión Europea, revíselo.

Pero el policía hizo caso omiso. Le dejó sobre una mesa una hoja para que la firmara.

—Sin leerla. No es necesario que la lea. Es para asignarle un abogado que lo asesorará mientras está detenido en el aeropuerto —le gritó.

Él la leyó y la firmó de mala gana mientras el policía lo miraba con menosprecio.

—Ahí está su hoja…—se aguantó las ganas de terminar su frase y decirle culero.

Después de firmar el papel, lo trasladaron por varios pasillos apartados de la terminal de documentos, hasta llegar a una pequeña recepción donde apuntaron su nombre en una libreta y le avisaron que sería deportado en el primer vuelo de regreso a México. Cruzó la recepción y entró a un cuarto grande. Era como el cuarto del orfanato donde creció con su hermana, un área rectangular llena de literas con unas cuantas ventanas que mostraban las pistas de aterrizaje y despegue cubiertas de nieve por la temporada.

Al entrar escuchó a una señora replicarle a un policía.

—Por lo menos déjenme salir a escupir a la calle.

Esto le causó gracia y le arrebató una sonrisa. No le quedaba más que la resignación. Fue a una de las literas vacías y se acostó con la intención de dormir pero no lo consiguió. Se quedó ahí varios minutos moviéndose de un lado a otro sin poder acomodarse. Una colombiana, que estaba enfrente de él, lo observaba con curiosidad. Molesto porque no había nada que pudiera hacer, comenzó a platicar

con una salvadoreña que se encontraba en la litera de abajo. Tendría veinte años la salvadoreña, una chica bastante vulgar pero no era fea. Como sea no platicó demasiado con ella a causa de su desesperación y el tono de voz de la chica, que se llamaba Alejandra. Le desagradaba el sonido agudo de sus expresiones así que se bajó de la litera.

—Ahorita regreso —le dijo—. Voy al baño.

Pero en lugar de eso se acercó a platicar con una peruana que estaba haciendo la limpieza del lugar. Sólo que ella, como buena trabajadora inmigrante, no le hizo caso y continuó trapeando el piso sin responderle a nada de lo que le preguntaba. Se decepcionó y volvió a la litera más abatido que antes.

La salvadoreña estaba en la cama donde él se había acostado. No le dio importancia pero sabía lo que significaba, así que y se acostó junto a ella en la litera de arriba. Platicaría con quien fuera. “Para qué estoy de solitario estando aquí”, pensó. “Prefiero platicar con ella que hacerme el dormido o andar recordando los bares donde me embriagaba en Sinaloa”. Así que durante media hora estuvieronpreguntándose sus trivialidades, pero al poco rato de que comenzaron a entenderse bien, la luz del lugar se apagó. “Hora de dormir”. Escucharon al policía que lo gritaba a lo lejos.

—Todos a guardar silencio.

Continuaron platicando en voz baja otros minutos, pero al cabo de un rato ambos comenzaron a decir menos cosas y a tocarse con erótico entusiasmo. Se desnudaron bajo la única cobija que había y comenzaron a disfrutar de sus cuerpos sin reparo y sin tomar en cuenta a los demás detenidos en el lugar.

Aquella noche llegó a la misma cama donde él estaba con la salvadoreña, la colombiana que lo observaba desde que llegó. Corrió con suerte, porque la salvadoreña no sólo era vulgar al hablar, sino

también en la cama.

“A la mierda España”, pensó Oscar al despertar.

El día comenzaba a clarear cuando sintió un beso en la mejilla. La colombiana estaba de su lado izquierdo y aún dormía. La salvadoreña, después de darle dos besos en la mejilla se bajó de la litera para dormir en la otra cama. Él se levantó y fue al teléfono de monedas que había en una esquina del enorme cuarto; se veía a lo lejos como una esperanza. Al llegar observó la lista de números pegada a un costado del teléfono. Eran de las diversas embajadas que había en España.

Descolgó el auricular y marcó los ocho dígitos de su casa, escuchó un breve silencio seguido de un tono repetitivo de llamada sin destino, lo estuvo oyendo hasta que el silencio regresó al teléfono. Volvió a repetir el acto en dos ocasiones más.

Digitar sin depositar monedas o sin introducir la clave LADA internacional no tenía importancia, el acto de tomar el auricular y presionar los números en determinado orden lo relajó por un momento.

Marcar a su embajada no tenía sentido, a su hermana en España tampoco, sería deportado en un par de horas, lo sabía de antemano.

Al ir caminando de regreso a la litera donde pasó la noche, observó a un señor sentado frente a la única mesa del lugar. Parecía estar muy triste, su ropa se veía demasiado desgastada; sus ojos cansados y su postura encorvada denotaban melancolía. Caminó rumbo a él, tomó asiento y le dirigió un cordial “hola” en espera de una respuesta. El señor levantó la vista cauteloso y con movimientos torpes. Se mi-

raron unos segundos.

—¿Y a usted por qué lo detuvieron?

—Por el boleto de avión, ¿y a usted?

—Porque venía con mi hijo. Bueno, vengo a ver a mi hijo. Lo que sucede es que yo tengo a toda mi familia viviendo aquí en España.

—¿Desde cuándo viven en Madrid?

—Ya seis años. Yo era el único que no quería venir.

Silencio.

—¿Y al final por qué cambio de parecer?

—Acaba de nacer mi nieta.

—¿Y por qué lo detuvieron?

—Porque venía con un niño que no era mío.

—¿Que no era suyo?

—Me lo prestaron.

El señor volvió a bajar la mirada y esperó unos momentos para decir en voz mengua y lenta:

—Pagué un poco de dinero. Es más fácil entrar a España si vienes con un niño que te acompañe y que tenga la piel clara, pero los policías sospecharon y me detuvieron.

Oscar se sorprendió de la pasmosa facilidad con que confesó eso.

—¿Y el niño?

—No sé.

Otra pausa. Ahora más larga y melancólica.

—Ya estando en Madrid. le devolvería al niño a un conocido para que siguiera ayudando a más gente a entrar, pero me engancharon.

Ambos callaron mientras veían al suelo. El señor se levantó después de un minuto y caminó al baño. Oscar regresó despacio hacia la litera y antes de acostarse se le quedó mirando a la colombiana. La observó y se dio cuenta de que le gustaron más los senos de la salvadoreña, así que se acostó a dormir con ella. Se tapó con la cobija y la abrazó. Le tocó un muslo y le besó el cuello. Ella no despertó. Estuvo ahí un rato hasta que se aburrió de abrazarla. La fue soltando poco a poco para subir y abrazar a la colombiana.

Puso el primer pie fuera de la cama y al estarse levantando vio entrar al policía que lo había detenido. Fue hacia él para preguntarle sobre su equipaje y su pasaporte que aún no le regresaban.

—¿Qué tal la colombiana? Lleva aquí una semana, ¿sabías? No te creas especial.

El mexicano levantó los hombros y no dijo nada.

—Vámonos, ya te programaron en un vuelo de regreso a ese lugar que llamas Méjico.

El policía lo escoltó un par de pasillos hasta una puerta que conectaba con las pistas de aterrizaje. De ahí lo subió a una camioneta blanca con los interiores en gris. Lo llevó a las escaleras de un avión de Mexicana. Acompañó a Oscar hasta su asiento y le entregó el pasaporte. El policía dio media vuelta para bajar del avión pero apenas caminó dos pasos cuando escucho decir:

—Hey, poli.

El gendarme español giró para ver la mano izquierda del mexicano que le enseñaba su dedo más preciso en clara señal de grosería. Lo miró con enfado pero se resignó a continuar su camino y bajar del

avión. Los demás pasajeros ya habían abordado, Oscar fue el último en acomodarse en su asiento.

Antes de que partiera el avión, se acercó una aeromoza para decirle a Oscar que no se preocupara, que ya estaba a punto de regresa a casa.

Oscar le pidió un vaso de agua a la aeromoza. Después se abrió la escotilla del avión que estaba junto a él y miró por la ventana la pista de un país hermético y cuidado. Luego escuchó por el altavoz las instrucciones de apagar el celular y colocarse los cinturones.

Fotografía por Michael Dietrich