
Antes de tocar la puerta me llevo dos dedos al pecho, no para medir el corazón sino para avisarle que no todo golpe anuncia una fuga, y el corazón, que no entiende razones y tiene la memoria llena de corredores, golpea una vez, dos veces, tres, como si alguien caminara detrás de la pared; entonces acerco la mano a la madera, siento del otro lado tu silencio, ese silencio tuyo que no está vacío sino lleno de cosas que todavía no han elegido su forma, y por un momento no sé si voy a entrar en tu cuarto o en la habitación de mi infancia donde una lámpara quedaba encendida para nadie.
Abres.
Traes el cabello húmedo, un olor leve a lluvia detenida en la corteza de un árbol, a piel recién salida del sueño, y hay algo en tu cuello, quizás el perfume, quizás el calor, que vuelve más estrecho el pasillo y hace que las paredes se acerquen para oírnos. No dices ven. No dices pasa. Te apartas apenas, y ese movimiento basta para que entre yo y entre conmigo todo lo que quise dejar afuera: la puerta que cerraron demasiado pronto, el vaso que nadie volvió a llenar, la voz que aprendió a preguntar sin abrir la boca.
Tú también has traído lo tuyo.
Se nota en la manera en que sostienes la mirada un segundo más de lo necesario, como si debajo de tus ojos hubiera otro par de ojos que desconfiara de mí, como si una mujer antigua, vestida con tu misma piel, esperara detrás de ti para comprobar cuánto tarda una mano en volverse garra. Nos miramos así, rodeados por esas criaturas que nadie invitó, y durante unos instantes somos cuatro, seis, quizás muchos más, todos respirando dentro del mismo cuarto, todos esperando que algo se rompa para reconocer la escena.
Me acerco.
No a tu boca, todavía no. Me acerco a la pequeña sombra que hace tu clavícula, al sitio donde el cuello empieza a descender, y allí tu olor cambia, se vuelve más oscuro, fruta abierta en una habitación cerrada, madera caliente después de la lluvia. Respiro sin tocarte y tu piel se eriza antes de que mi mano llegue. Ese estremecimiento mínimo corre por tu hombro, baja por el brazo, se pierde bajo la tela, y yo siento que algo despierta también en mí, el animal dócil y sujeto que vive debajo de las costillas, el que aprendió a moverse sólo cuando alguien parecía alejarse.
Mi mano encuentra tu nuca.
La palma se acomoda como si ese lugar hubiera sido pensado para ella, pero no te atraigo, no todavía, dejo que los dedos permanezcan allí, abiertos, sintiendo la raíz de tu cabello, la temperatura de la piel, el pulso que sube y baja sin pedirme permiso. Tú inclinas apenas la cabeza y entonces la diosa que escondías detrás del gesto abre un ojo. No sale completa. Primero asoma por tu respiración, después por la manera en que tu boca pierde firmeza, después por el calor que se concentra debajo de mi mano. La veo avanzar desde el fondo de ti, apartando una a una las capas con que aprendiste a protegerla, y no se parece a una reina ni a una virgen, se parece a un animal nocturno que reconoce por fin el bosque donde puede dejar de fingir mansedumbre.
El beso aparece antes que el beso.
Está en el aire entre nosotros, en la distancia mínima que todavía separa nuestros labios, en el movimiento con que tus ojos bajan hacia mi boca y regresan, en la respiración que ya no sabemos de quién es. Me acerco un poco más y el cuarto se inclina. No mucho, apenas lo suficiente para que la lámpara parezca una luna sostenida por un hilo, para que la silla se aleje unos centímetros y el suelo adquiera la blandura de la tierra después de una tormenta. Tú sonríes, pero la sonrisa tiembla, y detrás de ella aparece el filo, esa antigua necesidad de que el deseo venga acompañado por alguna amenaza.
Entonces nos besamos.
Tu boca tiene primero un sabor tranquilo, agua sobre metal, después algo más profundo, una dulzura oscura que llega desde la lengua y vuelve más pesado el aire. Tus labios se abren, los míos entran, se retiran, vuelven, y el beso no avanza en línea recta sino que gira alrededor de nosotros, sube por las paredes, se mete en los cajones, despierta el polvo de los muebles. Nos besamos y el cuarto empieza a llenarse de hojas; no sé de qué árbol son, caen lentamente desde el techo, se posan en tu cabello, en mis hombros, en la cama, y cada vez que una toca el suelo oigo una puerta cerrándose muy lejos.
Te muerdo el labio.
No fuerte. Apenas lo necesario para que tu respiración cambie y el dolor se vuelva una chispa. Tú respondes acercándote más, y durante un instante el antiguo idioma vuelve a nosotros, ese idioma que sólo sabe decir verdad cuando hay filo, ese idioma donde querer significa correr detrás de algo que se pierde. Lo siento despertar en la sangre, pidiendo altura, desorden, una llama que toque el techo y nos obligue a salir corriendo.
Pero no corro.
Tú tampoco.
Mi mano baja por tu espalda y encuentra el lugar exacto donde tu cuerpo deja de defenderse, una curva tibia, viva, que cabe en la palma y al mismo tiempo la desborda. Te atraigo hacia mí y siento el peso completo de tu cuerpo, no como caída, no como rendición, sino como presencia. Estás aquí. Esa certeza, tan simple, resulta más vertiginosa que el beso. Estás aquí sin estar huyendo, y yo estoy aquí sin perseguirte, y el deseo no desaparece; al contrario, se vuelve más hondo, pierde ruido y gana temperatura.
Tu muslo toca el mío.
La tela entre ambos cuerpos parece una equivocación. Mi boca baja por tu cuello y cada centímetro tiene un sabor distinto: sal, perfume, calor, una nota amarga junto al hombro, algo parecido a miel donde el pulso golpea. Respiro tu piel y el olor entra tan profundamente que ya no sé si lo estoy sintiendo o recordando desde un lugar donde nunca estuve. Tú hundes los dedos en mi cabello, tiras apenas, y el dios que vive detrás de mi pecho deja caer la espada.
No se arrodilla.
No conquista.
Se queda de pie frente a tu noche.
La diosa lo mira sin cubrirse.
Durante un instante no somos hombre y mujer, ni herida y herida, ni pasado y pasado; somos dos fuerzas que han llegado demasiado lejos para fingir que no se reconocen. Tu mano se abre sobre mi espalda. La mía recorre tu cintura. Nos movemos con una lentitud que tiene algo de ceremonia y algo de peligro, como si estuviéramos trasladando una llama de un recipiente a otro y cualquier temblor pudiera derramarla.
El cuarto vuelve a cambiar.
Las paredes se apartan, la silla queda suspendida sobre un agua negra, el techo desaparece y encima de nosotros hay una noche llena de peces luminosos. Uno de ellos desciende hasta tu hombro, se queda allí latiendo, y yo lo cubro con la boca. Tú cierras los ojos. De tus pestañas cae una ceniza muy fina que no quema. La recojo con los labios y al hacerlo veo pasar detrás de tus párpados todas las habitaciones donde alguna vez te dejaron sola, todas encendidas, todas vacías, y en cada una hay una versión de ti esperando o aprendiendo a no esperar.
No digo nada.
Te beso otra vez.
Esta vez el beso entra hasta esas habitaciones.
Las lámparas se apagan una por una, pero no queda oscuridad; queda la luz de nuestros cuerpos, una claridad roja, baja, semejante a la que conserva el carbón mucho después de que las llamas visibles han desaparecido. Tu respiración se mezcla con la mía. La boca que desea y la boca que cuida dejan de turnarse. Muerden juntas. Besan juntas. Lamen la misma herida sin cerrarla.
En algún momento el viento llega.
No entra por la ventana, entra por nosotros. Levanta las hojas del suelo, abre los cajones, hace sonar las puertas que habíamos dejado atrás. Trae voces. Dice que esto no durará. Dice que si dura dejará de arder. Dice que tu cuerpo, tan cerca ahora, será mañana una distancia. Dice que mi mano, tan tranquila sobre tu espalda, terminará buscando otra puerta.
Lo escuchamos.
Tu cuerpo se endurece apenas.
El mío también.
El cuchillo está ahí, bajo la mesa, donde siempre ha estado.
Podríamos tomarlo.
Podríamos cortar la noche antes de que la noche nos corte.
Podríamos inventar una despedida, un exceso, una herida nueva y brillante para sentir que algo verdadero ha ocurrido.
En lugar de eso, acercas tu frente a la mía.
Nada más.
Tu frente contra la mía.
El viento sigue hablando, pero ahora tiene que rodearnos.
Respiramos.
Siento en tu aliento el mismo sabor a fruta madura del beso, mezclado con algo más tenue, casi vegetal, como hojas machacadas entre los dedos. Tú hueles mi cuello, deslizas la nariz por la piel como si buscaras una palabra escrita debajo de ella. Nos quedamos así, respirándonos, y la respiración empieza a construir una casa alrededor de nosotros. No una casa firme, no una casa sin grietas. Una casa hecha de aire caliente, de cabello, de saliva, de piel que todavía tiembla.
Tu mano queda abierta sobre mi pecho.
Pesa poco, pero sostiene todo.
El animal debajo de mis costillas intenta moverse. Espera el momento en que retires la mano, el cambio de respiración, la señal de que incluso dormida puedes alejarte. Lo siento girar, atento, y por primera vez no lo encierro ni lo obedezco. Dejo que escuche el peso de tu palma, el calor real de tus dedos, el pequeño movimiento de tu cuerpo al respirar.
Afuera, la noche avanza.
Las hojas han desaparecido.
Los peces de luz vuelven al techo.
La silla toca otra vez el suelo.
Después te vas.
No de golpe. Te vistes, recoges el cabello, buscas tu bolsa debajo de la mesa, y cada gesto devuelve al cuarto su tamaño habitual. La puerta se cierra sin violencia. Tus pasos se alejan por el pasillo. Queda tu olor en la sala, una forma hundida en las sillas , un vaso con agua a medio beber.
Entonces empieza la otra noche.
La verdadera.
La que ocurre cuando ya no estás para demostrar nada.
Me siento donde estuvo tu cuerpo y el frío llega enseguida, no desde la ventana sino desde el centro del espacio, como si la silal recordara todas las ausencias al mismo tiempo. El animal despierta. Se levanta entero. Empieza a caminar bajo mis costillas, golpea una puerta, después otra. El pasillo de la infancia vuelve a encenderse.
Son las tres.
La oscuridad fabrica pasos.
Por un instante quiero llamarte, no para escucharte sino para comprobar que todavía existes. Quiero abrir una herida pequeña, cualquier herida, con tal de sentir de nuevo el filo. Quiero que el viento tenga razón.
Entonces acerco mi cuerpo a la silla.
Tu olor sigue allí.
Más débil, pero intacto.
Lluvia, madera, fruta abierta.
Pongo la mano sobre mi pecho.
Debajo de la palma, algo arde sin ruido.
No es tu cuerpo.
No es mi miedo.
No es la promesa de que volverás.
Es una brasa pequeña, oscura, paciente, que no necesita destruir nada para demostrar su calor.
La noche la rodea.
El viento pasa.
La brasa permanece.
Y yo, por primera vez, permanezco con ella.

Artista de Ciudad de México que mezcla art rock, electrónica, ritmo hablado y composición poética. Su música explora la tensión, el silencio y las estructuras cambiantes, construyendo un lenguaje íntimo, cerebral y físico que escapa de las etiquetas de género.