What pieces or projects have you been working on lately?
He estado metido en Afantasía: una serie que empezó cuando la pantalla me devolvió un “no” limpio, impersonal; un rechazo sin rostro que, paradójicamente, terminó dándole forma al proyecto. Desde ese primer bloqueo entendí que las imágenes siempre han estado administradas —por el mito, el decoro, el museo, el mercado—; lo que cambia hoy es la naturaleza del control: una aduana automatizada y ubicua, incrustada en el acto mismo de producir y circular, capaz de operar en tiempo real y a escala masiva.
La pintura apareció entonces como una manera de traducir esa censura algorítmica en materia: someter una imagen a iteración —buscar la “permisible”— y luego devolverle peso, como si el pigmento pudiera retener el rastro de esa cadena de permisos y omisiones.
La columna vertebral han sido las Still Morte (I–IV) y sus estudios: escenas donde el límite no borra el deseo, lo desplaza. Me interesa ese desplazamiento porque tiene una lógica plástica propia: donde debería haber piel aparece espuma, pliegue, luz; donde el arquetipo promete cuerpo, la plataforma exige sustitutos. No estoy “ilustrando” imágenes generadas: estoy registrando el borde donde la máquina ya no puede decir y donde la pintura insiste como tecnología lenta, como lugar de fricción.

What did you learn (or unlearn) while working on them?
Aprendí a iterar, pero no como quien busca “variantes”: iterar como quien escucha. Cada negativa trae información sobre el régimen moral de la imagen: qué se considera infracción, qué se tolera, qué se vuelve invisible sin declararlo. Es una pedagogía silenciosa; la censura algorítmica no castiga con escándalo, educa con hábito. Y en ese entrenamiento —casi sin querer— una parte de uno empieza a autocorregirse antes incluso de formular.
Desaprendí, más que la idea de una “imagen libre”, la fantasía de una imagen sin peaje: una imagen que no tenga que atravesar mediaciones. Si antes se negociaba con cánones, instituciones o públicos, hoy se negocia también con políticas de plataforma y sus reglas de aceptabilidad. En Afantasía esa negociación deja de ser solo conceptual: se vuelve forma. También desaprendí cierta ansiedad por “mostrarlo todo”: aquí la elipsis deja de ser pérdida y se vuelve método. La pintura, al final, me obligó a sostener una postura incómoda pero fértil: lo lento no es romanticismo, es una ética del trabajo; una manera de exigirle al ojo el tiempo que el feed le roba.

What words, ideas or emotions were going through your head?
Permiso, aduana, régimen visual, sustituto. Me obsesionaba la idea de que el deseo también se administra: no solo por la moral heredada, sino por políticas de plataforma, filtros, métricas y economías de atención. Lo dominante opera mejor cuando no necesita nombrarse; en cambio, lo que se sale del guion siempre carga un adjetivo, una advertencia, una etiqueta. Y el cuerpo —sobre todo el cuerpo deseante— queda atrapado en ese desbalance: aparece como exceso, como problema técnico, como algo que hay que moderar.
Emocionalmente había una mezcla rara: hambre de fricción y, al mismo tiempo, una especie de lucidez. Hambre de materialidad, de un tiempo que no se reduzca a “actualización”. Y lucidez porque el proyecto fue revelando algo simple: la censura no solo limita lo visible; también organiza lo imaginable. Frente a eso, pintar se volvió una forma de insistir.

Were there any conversations, movies, music, or books that made their way into that work?
Estambul, de Orhan Pamuk, se me coló como una forma de leer la ciudad y el ánimo: capas, niebla, memoria. Llegué a Pamuk por una ruta que le debo a Humberto Chávez Mayol: su manera de pensar la melancolía no como tristeza, sino como método —una ética de la atención, un estar a la altura de lo que se pierde y aun así mirar—. Esa sensibilidad fue importante porque Afantasía también trata, en el fondo, de una pérdida: la de la imagen mental cuando la imaginación se externaliza.
Un mundo perseguido, de Juan Vicente Aliaga, apareció como recordatorio de que lo visible —cuando roza el deseo— siempre tiene historia de permisos, persecuciones y silencios. Y Bugonia, de Yorgos Lanthimos —remake de la película surcoreana de Jang Joon-Hwan, Save the Green Planet! (2003)—, funcionó como espejo contemporáneo: paranoia, corporaciones y esa sensación de que el mundo ya no distingue del todo entre realidad y sus interfaces. No es que el proyecto “cite” estas referencias; más bien deja filtrar su temperatura.

What's been the most difficult thing you've faced recently in your creative process?
El tiempo, siempre, y la voracidad citadina. La ciudad te empuja a producir, a responder, a estar disponible: como si la obra tuviera que justificarse con velocidad. Este proyecto exige lo contrario: sostener la duda, no cerrar demasiado pronto, dejar que la imagen se pelee con su propio límite antes de volverse pública. La parte difícil ha sido proteger el ritmo del estudio como si fuera un recurso escaso: defender la lentitud sin convertirla en pose.

What's your favourite restaurant and why do you like going there?
Los Sirenos, en el Mercado de San Juan. Tacos de pulpo, sin dudar. Y, si hay, la pesca del día al carbón.

If your life were a movie this month, what would it be called and who would write the soundtrack?
Tratándose de películas y soundtracks, es imposible no pensar en mi querido Ricardo Milla. Hace poco, caminando por los pasillos de Zona Maco, me compartió una frase de Julia Cameron que se me quedó como un subtítulo secreto: “El arte es una transacción espiritual”. Y sí: a veces esta semana se siente como si la dirigiera Rubén Östlund, con esa mezcla de comedia incómoda y coreografía social. Si tuviera que ponerle título sería: Regímenes retinianos. El soundtrack lo imagino híbrido: Philip Glass para los bucles (ese pulso de sistema) y Yussef Dayes para el cuerpo que insiste y se sale del guion.

Which studios, laboratories, or workshops have you collaborated with recently or would you like to collaborate with in the future?
He estado cerca de Estudio RN, by Rodrigo Navarro, mi cómplice del color y de las decisiones que parecen técnicas pero terminan siendo afectivas. También con Alexis Gutiérrez, en Laboratorio de Impresión, un salvavidas cuando necesito pensar traducciones de imagen sin traicionar la materia. Y con Pictórica Taller, para las preguntas inevitables de conservación.

Recommend one or more artists you follow who inspire you, and tell us what you like most about their work or their way of working.
Últimamente me doy cuenta de que sigo a ciertos artistas como quien regresa a una conversación: no para confirmar ideas, sino para volver a hacerse preguntas. En Guadalupe Quezada me interesa esa capacidad de torcer lo estable: sus piezas te cambian la perspectiva como si lo “real” fuera, en el fondo, un acuerdo frágil. Chicome Itzcuintli Amatlapalli me acompaña por otra vía: una tensión fértil entre tradición y herida, memoria y espiritualidad sin folclor, como si el barroco pudiera reescribirse desde un centro distinto.
También me inspiran prácticas donde el método se vuelve carácter. Jeff Iorillo me gusta porque su abstracción no es decoración: es laboratorio, una ética del proceso donde el material manda. Carlos Rittner me atrae por cómo trabaja con signos y luz: vuelve contemporáneo un archivo sin clausurarlo, como si lo luminoso fuera un puente y no un efecto. En Roberto Tostado hay nervio y atmósfera: figuras que se sienten próximas y extrañas a la vez, un registro emocional que no se deja cerrar.
Y hay artistas que me interesan por su atención al sentido, a esa zona donde la obra deja de “representar” y empieza a insistir. Sung-Hee Son me gusta por ese doble filo entre práctica y curaduría: su trabajo piensa desde el significado de las cosas, no desde su apariencia. Vanessa Zárate me intriga cuando el tiempo se vuelve materia, cuando el paisaje parece memoria profunda y no escenario. Paula Benard me enseña a sostener atmósferas sensibles sin sentimentalismo: emoción por resistencia, no por exceso. Y David Serrano me atrae por su manera de tensar lo cotidiano: una luz ligeramente torcida que hace que el día tenga segunda lectura.

Artista visual y gestor cultural con base en CDMX. Su trabajo cruza pintura, performance y archivo para pensar el cuerpo, la intimidad y la representación en la era postinternet.
