Por fin entiendo a los adultos. Una no termina casándose, exactamente, con el amor de su vida. Con la edad endurecemos, nos adecuamos a los tiempos de guerra y entonces, proferimos el, tan anhelado por todos, “acepto”. No buscamos casarnos con quien nos dé la casa de fantasía con el jardín y el golden retriever, ahora, preferimos a la persona capaz de saltar al fuego con nosotros, de sentarse con una a tomar una taza de té frente a la chimenea, de cimentar un futuro sólido.

Es probable que el amor de nuestra vida le esté hablando al oído a otra persona en este mismo punto, justo cuando hemos decidido dar el paseo definitivo —quizá, no el último— por el pasillo de la iglesia o del ayuntamiento.

Quisiéramos decirlo todo en un puño, a través de un altavoz, cantar el infortunio. Entonces, aparecen el cúmulo de “quizás si…” en la garganta, taponándola hasta el punto de asfixia, la urticaria en la espalda por la reacción alérgica al tul del vestido francés y las narices constipadas por el polen de las flores. Un cóctel de nervios y desmanes familiares.

En el fondo, todos en esta nave del edificio lo saben, es lo que toca, el paso consecuente, pero nadie quisiera estar en los zapatos de quien contrae matrimonio. Claro, si eres tan osada para preguntárselos, jamás persona alguna lo aceptará.

Luego, en el plan de ruta están las respectivas ceremonias, los votos, unos firmando papeles, otros, siendo atados con lazos de cuentas brillosas, recibiendo una lluvia de polvo de arroz, las fiestas, fastuosas, elegantemente diminutas, confeti y alcohol en demasía.

Aunque, cabe la ínfima posibilidad de que esto sea lo que decidí repetirme de camino al altar, todo por no haber podido casarme con el amor de mi vida. Decidan ustedes.