Una niña con falda de astromelias me condujo hasta el casco de la hacienda. Aun en el ruinoso y deplorable estado de las cosas, el exterior de la casa me era familiar. Los caballos amarrados a los pilares del patio interior, miraban hacia el suelo, vencidos. Corrí hacia uno de ellos, el más blanco y grande. Al intentar afianzar sus amarras, la niña haló de mi manga. 

—No fue hecho para eso. Tú lo sabías.

—Tengo qué, Lituania. 

Empleando todas mis fuerzas, até las cuerdas del caballo del alba. 

Desperté rodeado por la penumbra. Feliciano se había ido. La ventana estaba abierta, su tazón de comida, lleno. Mi desnudo amante fumaba recargado contra la pared, inmutable. Su cuerpo estaba ahí, era posible constatarlo en lo palpable de la realidad, mas su consciencia se disipó. Al volver, me miró como los caballos, extrañado él también. Su profundidad me asustó, entonces adopté la posición fetal, abrazando mis piernas, recargando mi barbilla sobre las rodillas. Le di leves caladas al cigarro que Rinaldo, como dijo llamarse, me ofrecía solícito. Me pregunto, ¿cómo es que Feliciano escapó y un desconocido pudo penetrar en mi casa?

Fotografía por Abel Ibáñez G.