¿Dónde encontrarme cuando, incluso en mis sueños, me sentía perdido?
Ya no bastaba con correr a estar solo; no bastaba con mirarme a los ojos a través del reflejo, casi siempre sucio, de un espejo abandonado. No me encontraba, casi nunca, en el estribillo de una canción mal afinada ni en el sorbo frío del último trago de una taza de café.
No bastaba ya con pisar la tierra y arrastrar el día, colgarlo del fondo de una calle que atardecía en medio de una ciudad a la que nunca nada le pasaba, porque ya poco pasaba de vuelta.
No bastaba con poner las palabras dentro de una caja de tapas abiertas, casi cerradas, y prenderles lumbre con la que intentaba arropar el silencio en el que me sentía ahogado; del que, casi siempre, mi poesía me sacaba a flote, por fortuna de la palabra.
Entonces, una tarde, alcancé a verme en una línea muy delgada de pensamiento: me encontré sentado, en un silencio disfrazado. Logré sacudirme, mantenerme despierto cuando ya todos dormían. Mis huesos crujían y hacían todo el ruido que no se escuchaba. Sentí todo el frío que no pude arropar entonces.
Anduve y soy, todavía, el escritor que alguna vez soñé.
Fotografía por Andrea Sánchez Sánchez.

Escritor, psicólogo e imaginante mexicano dedicado a la educación. Con gusto por las letras, los cielos nublados, la música, mi gente, el café y el mezcal.
