“Ella” necesitó espacio para tomar forma y pulirse, pero se mantuvo entre paredes de 58x19x32 mm.
No se supo el tiempo exacto de su formación, pero si tomamos en cuenta que los pequeños cristales pueden solidificarse rápidamente en temperaturas altísimas, y sabiendo que una roca volcánica se deforma a 1250 grados centígrados, diría que, si mi cuerpo se mantuvo a 36 grados centígrados normalmente, y en días difíciles de estrés, enojos y ansiedad subió un par de grados, entonces una de ellas se formó en dos años aproximadamente.
Aunque creo que llevaba treinta y siete años y cinco meses recorriendo la sangre.
La primera vez que la vi fue a través de una onda sonora. Su descripción fue: una imagen de forma oval, móvil e hiperecoica, que proyecta sombra acústica, la cual mide 29.4 mm, sugestiva de lito.
La sensación al verla, por un momento, fue de temor y en seguida un montón de felicidad. Mi cuerpo auguraba sensaciones y, hasta ese momento, fue un dolor intenso. Los espasmos estremecían los brazos, los ojos, pero respiraba y aspiraba para relajar el dolor.
Los sedimentos que se aglomeraron para la formación de la piedra no fueron más que un montón de emociones que guardé para evitar la tensión, me dijo mi tía y la vecina. Yo siempre supe que surgiría desde las entrañas para tener una pausa y observarla a través del microscopio, para adentrarme a la vida interior y la incidencia de las piedras sobre los cuerpos, sobre el mío.
¿Qué memorias internas generó para ese momento?
Cuando la conocí, aún no despertaba del sueño profundo al que te induce una anestesia. La vi borrosa, café y entre turbias aguas sepias.
Pasó una semana y me acerqué a aquel frasco extraño de letras verdes que remiten a los años setenta en México: “IMSS”, decía.
Despacio, con la lentitud que merece, la limpié.
Ahí estaba, grande, redondita, como se veía en la onda sonora, como la había imaginado cuando era niña. Como aquella piedra que levanté entre la arena de mar, suavemente pulida por las olas en breves segundos de historia. El fondo de ella es color amarillo opaco, como un pedazo de miel de abeja condensada, con el interior cristalino y un núcleo ámbar oscuro en contornos tipo cuarzo. El perfil se redondea como si hubiera rozado toda su vida entre arena del mar, dejando una textura ligeramente rugosa, oblicua y casi contenida.
¿Y “Ella”, cómo escuchaba los ecos de mi voz y el tránsito del movimiento interior? ¿Cómo asimilaba los sobresaltos y emociones en aquel lugar oscuro?
Quizá su color se debe al reflejo de algo luminoso.
En noviembre pasado, María Goded, su saxofón, sus pedales, mis piedras, unas lijas y yo, presentamos una improvisación muy emotiva que le dediqué a “Ella”, mi piedra interior, que hasta ese momento proyectaba una sombra acústica. Juntas nos escuchamos, tejimos tiempos que vienen de la profundidad geológica que contiene cada sedimento. Respiramos polvo aural y compartí trocitos de historia volcánica que simbolizaron a “Ella”, mi piedra interior, para desenvolverla de toda mala intención que contuviera.
Fue un gesto que disipaba las malas esencias, una abstracción que tenía todo el sentido porque desde adentro tenía movimiento, chocaba entre las paredes y percibía el tránsito de mi historia, es decir, conocía muy bien mi entorno. Para tenerla en mis manos debía escuchar mi corazón, y vaya que tiene un ritmo perfecto. Al obtener el electrocardiograma me pareció como una partitura con la que tendríamos que improvisar Sofos, Zta y yo eventualmente.
Ahora que observo su microestructura en una muestra de resina, recuerdo al doctor Ortiz como un cirujano alquimista que entiende al cuerpo como arqueología material. Excavó y supo que debía rescatarla lo más entera posible.
Y me pregunto: ¿qué huella ha dejado en el espacio que ocupaba?
¿Será ahora un fósil con carga genética de épocas geológicas pasadas?
Escribo y describo a “Ella” porque intento modelar la plasticidad en mi cerebro para traducirla en algo más profundo cuando lo matérico sea quien la describa.
Lo que percibo por ahora es la talla en piedra más poética que he hecho, y viene del interior de mi cuerpo.
Fotografía por Gael Guadarrama.

A través de acciones como recolectar, modelar, cubrir o desplazar piedras, busco generar diálogos que se expanden hacia el sonido y la colaboración con otrxs artistas, entendiendo la práctica artística como un campo abierto de investigación.
