¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
La Matadora inicia desde la necesidad, el cariño por lo que para nosotros significa el café, y la persistencia de hacer algo que realmente nos gusta. La verdad es que al principio no teníamos todo resuelto –dinero, estructura, tiempo– pero dejamos de esperar condiciones ideales y empezamos a hacer que La Matadora funcionara con lo que sí teníamos: constancia.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
Disfrutamos la interacción en barra: el momento en el que podemos platicar, dar recomendaciones, catar y aprender juntos; básicamente, el ritual que tenemos como equipo.

También valoramos mucho cuando la gente aprecia y abraza el proyecto, y cuando el espacio se convierte en un punto para conocer a nuestros clientes y construir comunidad.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
Para quienes se integran al equipo, es clave conocer la historia de los inicios de La Matadora, su identidad, sus valores y una de nuestras misiones principales: la trazabilidad y el profesionalismo dentro del barismo.

Para los clientes, nos gustaría que disfruten el ambiente que se crea dentro y fuera de la barra: el espacio, la música, una buena charla; y que puedan disfrutar desde un americano hasta una bebida de temporada, sabiendo que todas llevan el mismo esmero, cariño y cuidado.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
Uno de los desafíos más importantes que hemos tenido fue crecer sin contar con los recursos suficientes para hacerlo.

Iniciamos como una barra de eventos en el mercado sobre ruedas, sin un lugar fijo. En muy poco tiempo empezaron a surgir oportunidades, como quedarnos en Paneo, y eso nos llevó a tomar decisiones mucho más rápido de lo que esperábamos: renunciar a nuestros trabajos, a cierta estabilidad económica y a nuestro tiempo de descanso para dedicarnos completamente a La Matadora.

En cuestión de ocho meses dimos el siguiente paso: rentar nuestro propio local, todo en menos de un año.

Más que solo adaptarnos rápido, el verdadero cambio fue entender que el crecimiento no iba a ser perfecto ni cómodo. Y a partir de ahí, seguimos tomando decisiones que van trazando el rumbo del proyecto.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
El origen: la cultura mexicana, el maximalismo, el idioma, los colores y la amabilidad, todo integrado dentro del espacio.

Buscamos transmitir las historias de los productores y de todas las personas que intervienen en el mundo del café. Eso es lo que nos conecta: el café como un puente para entablar conversaciones.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Lugar: México y su cultura.

Proyecto: las Adelitas, por las personas involucradas y por su misión. También los proyectos de amigos cercanos, de los cuales aprendemos mucho y que constantemente nos retan a mejorar.

Personas: nuestro equipo, porque día con día nos recuerda la importancia de seguir actualizándonos, aprendiendo, innovando y trabajando para que esto sea reconocido como la profesión que es dentro de la industria del café.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
Nos gustaría colaborar con Las Adelitas, generando un espacio donde puedan compartir más sobre su proyecto: desde el grano que trabajan hasta la perspectiva que tienen sobre el café.

También con Hola Café, por toda la educación que han desarrollado alrededor del café, que ha tenido un impacto muy relevante en la comunidad.

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
Nuestra mascota: la Roca Miguel. Sí, hay un detalle que mucha gente ve pero no todos conocen su historia: una pequeña roca con ojos que se llama Miguel.

Al inicio, cuando no teníamos muchos recursos, empezamos a decorar el espacio con cosas que ya teníamos en casa. Miguel era simplemente una de esas cosas, una roca que trajimos sin pensarlo demasiado.

Pero la gente empezó a notarlo. Nos preguntaban si tenía nombre o qué significaba, y en ese momento, medio en broma, empezamos a decir que era nuestra mascota. La comunidad se enganchó con eso y comenzó a involucrarse más, hasta que decidimos hacerlos parte y lanzar una dinámica para que eligieran su nombre.

Así fue como terminó llamándose Miguel.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Si La Matadora fuera una ciudad, sería Tijuana. No solo por su diversidad, sino por su carácter: es una ciudad donde conviven muchas formas de ver y hacer las cosas, lo que genera una identidad muy propia. Hay contraste, mezcla y, sobre todo, personalidad. Creemos que el proyecto se parece a eso: un espacio donde distintas ideas y estilos pueden convivir sin perder autenticidad.

Y si fuera música, más que un disco sería la canción “Mi lugar correcto” de Natalia Lafourcade. No tanto por una idea romántica, sino por lo que implica: reconocer que estás en un lugar que elegiste, con todo lo que eso conlleva. Para nosotros, el proyecto ha sido eso: una decisión que seguimos sosteniendo todos los días.

Respuestas por Karina Lugo, Dan Torres, Kevin Castaldi (Dueños) y Daniela Cruz (Marketing) de La Matadora Café y Origen.