Hay un chingo de espacio entre mí y cualquier cosa que se parezca a cómo solía experimentar la realidad. Todo se ha desplazado. Durante un tiempo, tuve una sensación incómoda en el estómago y la urgente y omnipresente impresión de que nunca más volvería a confiar en nada lo suficiente como para permitir una cercanía que se pudiese caer y desmoronar debajo de mí, como siempre lo había hecho.
No podía seguir entregándole mi propio valor a lo que fuese y esperar que supiera cómo tomar el volante. Tuve que despegar las capas y exponer mi verdad interior a la luz, algo que ni yo había visto desde que cerré los ojos y decidí usar el disfraz que todos cultivamos tratando de imitar lo que percibimos como normal, aceptable e ideal.
La única persona que necesitaba conocer en ese momento era a la que enterré hace años, cuando me di cuenta de que no encajaba con el flujo de cómo la sociedad quería que fuera.
Entre nosotros, distancias infinitas. Ahí está ella, y aquí estoy yo. Tuvimos que encontrarnos a mitad del camino y, más allá de todos los condicionamientos y demandas opresivas del programa colectivo, necesitaba cambiar mi propia línea de tiempo y liberarme de los viejos paradigmas que inconscientemente dejé definir toda mi existencia.
Hay parte del camino en donde no existe la ayuda externa. Debo ser constante en mi compromiso con mi propia subsistencia.

