Te lo comenté desde antes

Ya te había dicho, pero tú no lo recuerdas.
Nunca recuerdas nada de lo que te digo.
Es normal.
Entré en ti y recorrí tu angosto pasillo hasta la pared de
enfrente.
La pared mostraba indicios de humedad.
Resbalé, tropecé, como siempre lo hago.
Te gusta que me levante y vuelva a andar.
Lo que no te gusta es que te diga que ya te había dicho algo.
Es normal.
La última vez que vi Moscú, aún no te conocía.
Pero sabía, yo lo supe en la Plaza Roja: te iba a conocer.
El avión volaba demasiado bajo.
El índice apuntaba demasiado alto.
El índice no correspondía con las páginas.
Pero seguimos caminando, en silencio.
¿Te acuerdas del lobo que nos visitó esa noche?
“No quiero pasar la noche en esa cabaña”, dijiste.
Yo no dije nada y le pagué al señor.
Tú nunca habías visto un lobo, y te gustó.
Tampoco conocías la nieve.
Recuerdo que fuiste por cigarros al Oxxo.
Dos meses antes.
Y cuatro años después.
Y todas las tardes mientras yo dormía.
Te soñaba.
Y tú en el Oxxo, pensando en el cambio.
Te soñaba con el bochorno de la tarde.
“Lee Chéjov”, me comentaste alguna vez.
Y yo seguía caminando por el angosto pasillo,
tratando de llegar a la pared de enfrente.
¿Te das cuenta?
¿Te das cuenta que todo es trágico?
¿Te das cuenta de algo mientras me ves dormir?
Siempre quisiste que resolviera tus dudas.
Y yo te lo comenté desde antes.
Te lo dije un día.
No soy el que crees.

Fotografía: Quentin.Ø’Malley

Guardado en Colaboraciones

Viajero en búsqueda de la aventura que no existe, acampa en desiertos, bosques y selvas. Recorre por las noches las letras de su antigua máquina de escribir para descubrir las narraciones que le son reveladas en el humo que emana de sus cigarros. Lector ávido de un argentino llamado Julio que le ha otorgado el delirio de soñar sobre papel, seguidor de un gringo de nombre Ernest al cual imita en su sed etílica para mostrar la realidad. Poeta de narraciones cotidianas que hace mágicos los objetos con los que convivimos a diario. Conservador de la antigua tradición de narrar lo que le acontece en su día a día sin más afán que el de seguir contando historias. Todo ello se amalgama para crear en su espíritu a un escritor que quiere hacer verosímil lo absurdo del mundo.