Volver, volver

—¿Pero sí vas a volver? La selva está que escurre, tu ropa no se ha secado y el cielo truena que se rompe. No tienes que apresurarte, yo puedo dormir en otra parte, en el piso, como aquellos meses cuando tu cabeza estaba en tu cuerpo pero los pensamientos dentro de tu cabeza alejaban a tu cuerpo de mí.

—Me tengo que ir, Carmela. Ya no muelas tus recuerdos con los míos, no te sacrifiques en vano, por nada; no te estampes a toda velocidad con ese porvenir inexistente, vacío, al que le faltas tú y le falto yo, y aunque contara con nosotros, yo no voy para allá.

—Espérate, hay café y pan de dulce. Está oscureciendo y no hay alumbrado que te salve de los nahuales, los monstruos; no hay cerillos ni quinqués que alucen la podredumbre de este cerro senecto.

—¡Ya párale! Lo monstruoso de esas figuras son tus miedos, y la oscuridad, los míos. Si con metáforas quieres que me quede, con metáforas te digo que me voy: que esa oscuridad me trague y me mastique, que los dientes picados de tus bestias me deshebren. Déjame ir; el cariño en esta casa se fue antes, desparramado por ahí, ya se lo habrán bebido las plantas. Déjame, Carmela, que este pueblo me acartona; lo deshonro con mi disgusto por el café y tus propensiones a creerme bueno.

—No, no, no, no, no. Ya mero escampa y el café ya está. 

—¿Tiene piloncillo?

Fotografía por Jerónimo Andrade