Visions through the sense of silence

Entrevista por Pamela RM

Sumérgete en un paisaje sonoro donde la oscuridad y la introspección se abrazan como viejos amantes.

Este álbum es una exploración con pulsos electrónicos y texturas ambientales que laten desde las profundidades, tiene melodías y voces etéreas que se arrastran por las sombras. Cada pista se despliega como un sueño cinematográfico: hipnótico, doliente, íntimo como un susurro al oído. 

The Deadly Affair se ha convertido en uno de los actos más prometedores de la escena underground que fermenta en Chile. Este proyecto nuevo no pide permiso: está tallando una identidad sonora propia, con estructuras disonantes que mutan como una herida abierta, negándose a encajar en formas de canción convencionales.

Su sonido—una mezcla de guitarras saturadas, reverberaciones cavernosas y electrónica pulsante, evocadora—no solo se escucha: se siente en el pecho, en la nuca, como una presencia corpórea que amenaza con derrumbarse sobre sí misma en cualquier momento.

Música de niebla y ecos. 

En el núcleo del sonido de The Deadly Affair habita Santiago González Lihn.
Su voz no canta: se manifiesta. Es una presencia profunda, implacable. No interpreta—atestigua, ordena, confiesa en un tono que oscila entre la amenaza y la revelación.

La fuerza que impulsa el pulso rítmico de la banda es Diego Lorca (ex Föllakzoid), cuya batería golpea con una intensidad casi chamánica. Su ritmo no avanza: arrastra, hipnotiza, empuja como si algo estuviera a punto de romperse.

Y sosteniendo todo desde abajo, como una raíz negra que no deja que el caos flote a la deriva, está el bajo de Louise Schmidt. Grave, vibrante, siempre presente. Suena como si el abismo tuviera un corazón latiendo lento. Es el cimiento sobre el que se posa lo abstracto, lo evanescente, lo que no termina de existir del todo.

Recientemente soltaron su nuevo disco: “Visions through the sense of silence”, con ocho canciones.

¿Cómo fue el proceso creativo para realizar este nuevo álbum? 

Santiago González Lihn: Regresé a Chile el 2024 después de estar viviendo en México un tiempo, volví con esa ambición de armar un proyecto nuevo; el punto de inflexión era que conectara con el sentimiento más primario que tuviera en mi memoria en relación a la música. De ahí aparece la lógica de la guitarra y la voz, que fue como empecé en la música cuando era niño. Llegando a Chile empecé a componer algunas demos que más adelante las fui perfeccionando junto a Diego para darle esa dinámica estructural que entrega el manejo de intensidad de su batería.

Unos meses después entramos a grabar el disco, en total habrán sido unas seis o siete sesiones. Lo que sí fue extenso y casi quirúrgico fue la producción, que la realicé en conjunto con Atom TM. Ahí si fueron varios meses de probar cosas nuevas y de encontrar esa identidad estética/ sonora que tiene. Mucho método, muchas conversaciones hasta las cinco de la mañana hablando de compresión, reverb, etc. En total tomó alrededor de un año todo.

Pude percibir en las canciones un ambiente que podría definir a veces fantasmagórico, como si al escuchar el disco entraras a caminar entre neblina para invocar algo que ya no está pero al mismo tiempo sigue estando.

¿Ustedes qué invocan al hacer su música?

Santiago González Lihn: No creo que estemos invocando algo específico, como una imagen o un concepto claro. Lo que hacemos es abrir un espacio donde lo ausente puede manifestarse. Hay cosas que ya no están, pero que siguen teniendo un peso en la forma en que habitamos el presente. La música nos permite entrar en contacto con eso —con lo que se ha perdido, con lo que ha sido silenciado o simplemente olvidado.

Tampoco se trata de nostalgia ni de un ejercicio estético. Hay algo más físico y espiritual en juego. Hay una dimensión ritual en cómo componemos y tocamos. Y en ese gesto aparecen diversas mezclas, sincretismos —fragmentos de distintas tradiciones espirituales o emocionales que se cruzan dando vida al trance entre la banda y el público. No se trata de algo religioso, pero sí hay que tener disposición a sentirlo; ahí es donde siento que la música tiene sentido, cuando hay un intercambio entre ambas partes. Si no, lo siento vacío, como publicidad sonora, un producto que se impone ante ti para que lo digieras lo antes posible y eso jamás me ha hecho ni hará sentido. 

¿Qué emociones construyen el sonido de ‘Visions through the sense of silence’? 

Santiago González Lihn: Más que apelar a una emocionalidad directa, el álbum propone una experiencia afectiva mediada por la distancia, la suspensión y el umbral entre presencia y ausencia. En ese sentido, el sonido se construye como una arquitectura emocional, donde el silencio, la repetición y el ruido operan como dispositivos que inducen una escucha introspectiva, casi hipnótica. Las emociones dominantes no se presentan como clímax narrativos, sino como estados latentes que tensionan la relación entre el oyente y el entorno acústico.

¿Sus letras tienen referencias literarias? ¿Qué les gusta leer? ¿Quiénes son sus autores favoritos?

Santiago González Lihn: Me gusta mucho leer poesía, en específico para este disco recuerdo que oscilaba entre Tres libros constantemente:

  • Para Ángeles y Gorriones de Jorge Teillier
  • Poemas de amor de Idea Vilariño
  • La tierra baldía de T.S. Elliot

Siento que cuando estoy muy concentrado y entregado en un proceso creativo, las referencias se van develando solas, solo hay que estar atento cuando eso sucede y escucharlas. En este caso esos fueron los libros que leí principalmente mientras estaba componiendo el disco. 

Para ustedes, ¿cuáles son las imágenes que más evoca este disco? ¿Cómo describirían este disco en imágenes?

Santiago González Lihn: Si se trata de imágenes yo siento personalmente que este disco es un reflejo del paisaje geográfico de mi país. Chile puede ser un lugar muy desolado, ser del fin del mundo es un peso maravilloso, difícil de comprender.

El imaginario visual lo construí a partir de mi relación con el territorio chileno, que no es sólo un espacio físico, sino una condición histórica, política y existencial. Las imágenes que evoca no son necesariamente narrativas ni literales, sino sensaciones asociadas a una cierta forma de habitar el margen. Hay algo en la geografía de Chile —su aislamiento, sus fronteras naturales, su verticalidad extrema entre el desierto, el mar y la Patagonia — que moldea una sensibilidad marcada por el vacío, por lo remoto, por la tensión entre belleza y amenaza.

Pensé este disco como una forma de dar cuerpo a esa experiencia de estar en un lugar donde el paisaje impone silencio, donde las distancias no son solo geográficas, y donde la historia reciente sigue filtrándose por debajo de todo. En ese sentido, hay un vínculo con trabajos como El Botón de Nácar de Patricio Guzmán, que entienden el territorio como un archivo vivo. No es sólo una referencia estética: es una manera de pensar desde dónde se produce sonido, imagen y memoria.

Lo que aparece no son paisajes reconocibles, sino estados. Lugares vacíos, espacios abiertos, el frío, la reverberación del sonido en superficies duras. El disco tiene una relación directa con ese clima: con la sensación de estar lejos de todo, incluso de uno mismo.

Fotografía por Laura Iriarte