Quemar amor

Deberías ser noche fría y húmeda en medio del verano. Abrasar mi tronco bajo techo y dejar salir el mar de tus caderas, permitir su flujo para apagar mi flama… O los artificios de este hogar que siempre amaste hagan llover dentro. Llover dentro.

Podría hacer un plan. Quitar de la repisa la sombra de tu gato y ese retrato de amor ya chamuscado, dejando enfriar en la ventana el pay hecho de gusanos para cenar mientras yo duermo y sueño nada. Miel negra que empapa.

Ser esa luz ardiente que traspasa la física de lo posible destruyéndolo todo, trillando a su paso la geografía, la realidad. Vestigios de hollín en un dúplex de Satélite, esquinas donde las telarañas perecieron de inmediato, sus huéspedes huyeron de la ciudad por un amor convencional.

Culebra o estatua con tizne en oquedades, que usa Tinder con telequinesis y hace match abriendo las piernas; escuchando punk en la bañera con una copa de rioja, velas cercanas a las cortinas, los ojos bien cerrados. Te veo y mis pestañas rosan el cielo.

Pidiendo deseos bajo el follaje estelar de una copa de árbol. Feminista, ambientalista, psicoanalista, surcoreana con pasos de baile de mujer biónica; sabes que ahuyento ácaros con escopetas, sabes que friego con chapopote cenizas de la cristalería.

Y quisiera que fuéramos materialismo histórico: estamparte un beso en minifalda y que flexiones tu pierna hasta que suba haciendo ¡pop! y ahora sí abrazarme por el cuello. Pero no.

Por ello deberías pedirme clemencia, apagar esta incontrolable pasión con tus lágrimas o, por lo menos, cerillo en mano, deberías amarme como si no hubiera un mañana.

 

Fotografía por Alex Hulsey

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