¿Y usté’ es el que vive aquí al lado?
Ah, yo pensaba que sí; pus con razón no lo había visto hace rato.
Pienso en la última vez que la vi. Aquella vez me pareció gravemente asustada. Como si ese miedo que percibía en su mirada fuera algo así como una enfermedad que se le podía pegar a uno. Recuerdo las manos: exangües y trémulas. Aquel movimiento uniforme y casi mecánico al pasar las cuentas de su rosario, como soltando semillas que jamás germinaron.
Va usté’ a creer que se me murieron mis nietos. Iban con su mamá y que chocan. Ay no, Dios mío, a mí ya se me murieron mis niños, pero me siento triste porque pus mis nietos todavía tenían mucho que vivir.
Trato de pensar en lo que será entrar en la muerte. Lo que habrá sentido al desprenderse. Pienso siempre desde el sentir. Por un momento me siento humillado por aquella ausencia y, de pronto, me parece que el seguir no sería más que un incesante entrar en la muerte. Algo así como morir cien veces antes de morirse de verdad. Y que esa última muerte tan solo anularía a todas las demás.
Yo salgo a caminar aquí porque me siento triste y mirar la tele no me ayuda. A mi chamaco, el Manuel, cómo le gustaba que miráramos la tele. Los monos esos que tanto le gustaban ya ni verlos puedo. Cómo algo tan inocente se le puede convertir a uno, de repente, en el recuerdo, como en un charco de lodo, vea.
Realmente nunca fui tan cercano ni sentí un peculiar afecto por ella. Sin embargo, siento una profunda conmoción por su partida. Incluso me he llegado a pensar entre una multitud, llorando por ella. Acto que, ciertamente, me parece no es mayor que el acto per se, pero acaso sí lo sea más que no haber sentido nada en absoluto. Esa idea me reconforta. Después de todo, pienso, quizás no esté tan lejos de entender. Y en esa cercanía que percibo, atisbo una onírica posibilidad: entrar en la muerte juntos. Acaso alguna vez morir acompañado.
El otro día traté de cruzar la calle para que me atropellen y que se frenan, ¿usté’ cree? Yo le pido perdón a Dios por ir en contra de su voluntad, porque Dios ha sido muy bueno conmigo. Me curó mi enfermedad. Pero pus a veces a uno le cuesta creer que las cosas pasen por algo.
Entonces se me ocurre que lo que he sentido, aquello que me ha removido por dentro, ha tenido algo que ver con el cambio que su partida supone. Pues ella, como el rostro familiar que es, como esa voz que cada diciembre entonaba los rosarios en las novenas ajenas o el aroma de cirio recién extinto en el que ahora se desvanecerá, también es el símbolo de otros tiempos. A pesar de reiterados esfuerzos, soy incapaz de evocar lo que pudo sentir o aún pensar al entrar en la muerte. No hay empatía. Solo temor.
Fotografía por Nicholas Dominguez Gallegos.

Reside en Mérida. A través de su obra explora el tiempo y la narración como medios para captar lo esencial de lo humano, especialmente a través del cine, la fotografía y la palabra.
