Inmarcesible

Romina Vay

¿En qué piezas o proyectos has estado trabajando últimamente?
Últimamente he estado construyendo proyectos que, aunque parecen muy distintos entre sí, nacen de una misma inquietud: crear espacios donde la fotografía pueda vivirse, pensarse y compartirse más allá de la imagen.

A principios de este año publiqué La cámara no hace la foto, mi primer libro. Nació de la necesidad de poner en palabras muchas de las preguntas que me acompañan desde hace años. No quería escribir un manual técnico, sino una invitación a detenerse, observar y recordar que la fotografía empieza mucho antes de levantar una cámara. Empieza en la forma en que habitamos el mundo y en la atención que prestamos a lo cotidiano.

También, junto a mi pareja, abrimos OTRA, una pequeña cafetería de especialidad y tienda de fotografía analógica donde conviven nuestros dos mundos: el café y la fotografía. Son apenas 19 m², pero soñamos con que se sintieran mucho más grandes. Cada mes transformamos una de sus paredes en una nueva exposición abierta a fotógrafos y también a personas que, sin dedicarse profesionalmente a la fotografía, tienen una mirada que merece ser compartida.

Siempre sentí que existen muy pocos espacios donde una persona pueda mostrar su trabajo si no forma parte de un circuito artístico o de una galería. Con OTRA queríamos proponer exactamente lo contrario: un lugar cercano donde una fotografía pueda generar una conversación, donde alguien pueda descubrir un autor por primera vez o animarse a exponer por primera vez. Más que una cafetería, imaginamos un punto de encuentro para quienes creen que la fotografía sigue siendo una forma de conectar con los demás.

Paralelamente, continúo desarrollando mi trabajo en fotografía de producto y still life. Aunque pueda parecer un lenguaje completamente distinto, para mí forma parte de la misma búsqueda. Me interesa entender cómo la luz, la materia y la composición pueden transformar un objeto en una imagen capaz de detener la mirada por un instante. Al final, ya sea fotografiando una joya, una taza de café o escribiendo un libro, siento que siempre estoy intentando hacer lo mismo: invitar a mirar un poco más despacio.

¿Qué aprendiste (o desaprendiste) mientras trabajabas en ello?
Aprendí que las ideas necesitan salir del estudio. Durante mucho tiempo, muchas de las cosas que pensaba sobre fotografía vivían únicamente en mis libretas o en mi cabeza. Este año, al publicar mi primer libro y abrir OTRA, entendí que compartirlas también forma parte del proceso creativo. Ver cómo otras personas se apropian de una idea, la cuestionan, la reinterpretan o la hacen suya termina enriqueciendo también mi propia mirada. Creo que ese intercambio es una de las partes más valiosas de crear.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban la cabeza?
Me rondaba mucho la idea de sacar las fotografías del archivo y de la pantalla para devolverlas a un lugar donde pudieran volver a generar conversaciones entre personas. Siento que, durante mucho tiempo, las imágenes fueron perdiendo esa capacidad de detenernos. Las consumimos muy rápido, las olvidamos muy rápido y seguimos deslizando el dedo sin volver a ellas. Me interesaba pensar cómo una fotografía podía recuperar un espacio más lento, donde alguien se quedara unos minutos mirándola, donde pudiera generar una pregunta, una emoción o simplemente una conversación con otra persona.

Creo que, de alguna manera, todos los proyectos en los que trabajé este año nacieron de esa misma inquietud. El libro buscaba abrir una conversación sobre la forma en que entendemos la fotografía; OTRA intentó sacar las imágenes de la pantalla para devolverlas a una pared, a una mesa compartida y a un café; y mi trabajo fotográfico sigue persiguiendo esa misma idea: hacer imágenes que inviten a detenerse un instante antes de seguir adelante.

¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
Más que una película o un libro en particular, creo que mis proyectos siempre son el resultado de muchas capas que se van acumulando con el tiempo. Me acompañan mucho las lecturas de Walter Benjamin, Roland Barthes, Susan Sontag o John Berger, porque me enseñaron que la fotografía también puede pensarse, cuestionarse y sentirse, no solo hacerse.

Pero, si pienso en lo que realmente se coló en mi forma de trabajar, diría que fueron las conversaciones que tuve durante la universidad. Tuve profesores que nunca me permitieron conformarme con la primera idea o con la primera imagen. Me enseñaron a volver sobre un trabajo una y otra vez, a investigar, a leer, a preguntarme qué estaba diciendo realmente una fotografía y por qué valía la pena hacerla.

Creo que esa forma de aprender terminó convirtiéndose en una forma de vivir la fotografía. Hoy sigo trabajando igual: con mucha curiosidad, intentando no quedarme nunca con la primera respuesta y entendiendo que cada proyecto es una oportunidad para seguir investigando y mirar un poco más allá de lo evidente.

¿Qué fue lo más difícil que has enfrentado últimamente en tu proceso creativo?
Creo que lo más difícil ha sido aprender a crecer sin perder la voz propia. Cuando empiezan a aparecer nuevas oportunidades, también aparece la tentación de adaptarse constantemente a lo que otros esperan de ti. Y eso puede ser peligroso si dejas de preguntarte qué es lo que realmente quieres decir con tu trabajo.

En este proceso también me ha tocado rechazar propuestas y dejar de colaborar con algunas marcas porque sentía que, si aceptaba, iba a terminar haciendo imágenes en las que no me reconocía. No fue una decisión fácil, pero entendí que prefiero avanzar más despacio antes que construir una carrera alejándome de la forma en que entiendo la fotografía.

Intento aprender de cada proyecto y abrirme a nuevos lenguajes, pero sin renunciar a aquello que hace que una imagen también pueda ser mía. Creo que el verdadero desafío es ese: crecer profesionalmente sin dejar de reconocerme en las fotografías que hago.

¿Cuál es tu cafetería favorita y por qué te gusta ir ahí?
Creo que cualquier cafetería pequeña en Japón.

Tuve la suerte de viajar allí y una de las cosas que más me marcó fue la forma en que se viven esos espacios. Cada cafetería era distinta, pero todas compartían algo: la calma, el cuidado por los detalles y una sensación muy difícil de explicar de hacerte sentir bienvenida. Todo parecía tener su tiempo justo, sin prisa. Hasta preparar un café se sentía como un pequeño ritual.

Además, había algo inevitable: todo era fotografiable. La luz, las texturas, la vajilla, los gestos de quienes preparaban el café… Era de esos lugares donde dan ganas de guardar la cámara un momento para simplemente disfrutar y, al minuto siguiente, volver a sacarla porque todo seguía siendo una imagen.

Podría decir OTRA, pero creo que no cuenta… porque ahí me tocaría atenderme a mí misma. Prefiero descubrir una cafetería donde pueda sentarme, dejar que alguien más prepare el café y disfrutar de esa pausa desde el otro lado de la barra.

Si este mes tu vida fuera una película, ¿qué título tendría y quién haría el soundtrack?
Si este mes mi vida fuera una película, creo que se llamaría Inmarcesible. Es una palabra que llevo tatuada desde hace años y que, por alguna razón, siento muy cercana en este momento de mi vida. Este mes tuve la sensación de que muchas de las cosas que fui construyendo en silencio empezaron a encontrarse entre sí. Más que las oportunidades en sí, lo que más me emocionó fue sentir que las personas comenzaron a llegar a mi trabajo de una manera muy genuina. Eso me dio la tranquilidad de seguir haciendo las cosas como las vengo haciendo y de confiar en que mi manera de mirar también puede encontrar su lugar.

El soundtrack lo haría Fito Páez. Vuelvo constantemente a sus primeros discos, especialmente El amor después del amor. Hay algo en esa etapa de Fito que siempre me acompaña: una mezcla de sensibilidad, melancolía y esperanza que siento muy cercana a este momento de mi vida.

¿Con qué estudios, laboratorios o talleres has colaborado recientemente o te gustaría hacerlo en un futuro?
Hasta ahora he colaborado principalmente con pequeños proyectos, marcas y profesionales donde, en muchas ocasiones, mi papel era desarrollar una idea ya definida. Fue un proceso del que aprendí mucho, porque me permitió entender la importancia de trabajar en equipo, adaptarme a distintos procesos y responder a las necesidades de cada proyecto.

Con el tiempo también descubrí que disfruto especialmente aquellos espacios donde la creatividad se construye de manera compartida y donde puedo participar desde el inicio del proceso, no solo cuando llega el momento de hacer las fotografías.

En el futuro me gustaría colaborar con estudios, editoriales, laboratorios y talleres que entiendan la fotografía como un diálogo. Me ilusiona formar parte de equipos donde exista espacio para investigar, experimentar y aportar una mirada propia. Hoy ya no busco únicamente fotografiar un proyecto; me interesa formar parte de cómo ese proyecto se piensa, se construye y termina convirtiéndose en una imagen.

Recomiéndanos uno o más artistas que sigas, que te inspiren, y dinos qué es lo que más te gusta de su trabajo o de su forma de trabajar.
Siempre vuelvo a autores que, más que enseñarme a hacer fotografías, me enseñan a hacerme preguntas.

Vivian Maier es una de ellas. Me inspira su forma de observar lo cotidiano y la honestidad con la que fotografiaba el mundo, sin la necesidad de responder a una tendencia o de buscar reconocimiento. Hay algo muy libre en su manera de mirar que siempre me conmueve.

También vuelvo mucho a Joan Fontcuberta. Me interesa cómo pone en duda la propia fotografía y nos obliga a preguntarnos qué creemos cuando miramos una imagen. Sus proyectos me recuerdan que la fotografía no solo sirve para mostrar el mundo, sino también para cuestionarlo.

Más allá de los nombres, siempre termino admirando a quienes construyen una voz propia y son fieles a ella con el paso del tiempo. Me inspiran las personas que siguen investigando, que no dejan de hacerse preguntas y que entienden la fotografía como una forma de pensar, no solo de producir imágenes.

Romina Vay
Córdoba, Argentina 1992.
Fotógrafa y autora de La cámara no hace la foto. Actualmente desarrolla proyectos personales y comerciales, guiada por una convicción que resume su práctica: “no hago fotos, hago fotografía”.
instagram.com/romivay