Estas manos que nos pertenecen

Pero no quiero levantarme. Sé que debo hacerlo. Tengo reunión al medio día. ¿Me levanto y camino hacia la cocina para preparar el desayuno? ¿Me siento en la mesa y sé que tengo la reunión a medio día? Cierro las manos.

Las manos son ciegas, no saben lo que sucede a mi alrededor. Pero ellas saben algo que yo no. Si cierro los ojos, ellas serán quienes observen mientras toco alguna superficie.

Recuerdo que estaba tocando el rostro de Ana, quizá cerré los ojos un instante, quizá, y logré verla en la oscuridad a través de mis manos. Temblaba, estaba nervioso por lo que sea que pretendieran hacer ellas en ese momento.

Ahora lo sé, y lo recuerdo. Mis manos tocaron su rostro y bajaron hasta su cuello, luego se desviaron hacia sus brazos y quisieron llegar hasta su cintura con un movimiento poco sutil.

No fueron pocas las veces en que estas manos se condujeron solas a través de la oscuridad, otras veces ya lo habían hecho, pero con Ana fue como redescubrir la infancia.

Esa sensación de lo que fue la volveré a sentir cuando llegue a la habitación y esté aquella mujer sentada en el borde de la cama, hoy no, sé que tengo la reunión. La miraré y pediré que ese momento no sea un engaño o el sueño, que sea tan real como su cuerpo y su manera particular de sonreír, porque cuando lo hace su boca llega de oreja a oreja.

Caminaré hacia ella con las manos enfrente, moviendo los dedos. Espero que llegue pronto a su rostro para tocarlo. Cerraré los ojos e iré a tientas sopesando su cuerpo para imaginar que estoy con Ana en aquella habitación a solas, prolongando esa buena suerte que se llama amor.

Miraré sus labios a través de mis manos y diré aquí la paz, aquí la paz buscando sus labios.

Ahora debo levantarme de la cama. Sé que estoy solo, mi esposa se fue al trabajo. Esta habitación vacía me asfixia con sus paredes falsas, su falta de cariño.

Frente a la mesa, mis manos tocan las hojas en las que escribo esto como si pasaran por sus mejillas, vuelvo a cerrar los ojos y la recuerdo. Mis manos se mueven solas y la empiezo a recordar al tacto.

Sé que es sólo un mal delirio, pero estas manos no me engañan, quiero tenerla. Pero eso no sucederá.

Quizá por eso iré a ver a aquella mujer a solas en el Hotel Atlante para salvarme de esto, para salvarme del frío y de que Ana esté en Brasil con otro hombre y yo aquí con estas manos vacías.

Fotografía por perezful

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Sección: Letras
H. L. J. Ángel

H. L. J. Ángel (1997). Ha publicado poesía, cuentos y ensayos en diversas revistas electrónicas, como Nomastique (México), e impresas, como Revista Falsa (Chile). Actualmente forma parte del equipo editorial de Revista Tlacuache como dictaminador.

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