Alejandra Esteve

¿Cómo nació este proyecto y qué lo hizo diferente desde el principio?
Erentia nació en 2022 con la voluntad de construir una práctica propia y con una visión clara de cómo queríamos ejercer la arquitectura.
Desde el principio quise que Erentia reuniera distintas maneras de aproximarnos a la disciplina: proyectar, investigar y también trasladar ese conocimiento a contextos donde se pudiera generar un impacto positivo.
De ahí nace su estructura de tres esferas: el Estudio, donde desarrollamos proyectos de arquitectura, desde su concepción inicial hasta la construcción final; el Laboratorio, como espacio de investigación, experimentación y diálogo; y la Asociación, desde donde llevamos esa misma forma de entender la arquitectura a iniciativas con una dimensión social y un compromiso más directo con las personas y los territorios.
Lo que conecta las tres partes de Erentia es una misma manera de mirar. Intentamos siempre comprender antes de intervenir: observar qué hace particular a un lugar, qué permanece de su memoria, de su cultura, de sus materiales o de la forma en que se habita, y encontrar desde ahí el punto de partida de cada proyecto.
Creo que eso es lo que ha definido a Erentia desde el comienzo: una búsqueda de lo esencial que nos permita crear una arquitectura sensible y que nazca de su propio lugar, capaz de generar emoción en quien la habita y de adquirir significado con el tiempo.

¿Qué momento o parte del proceso disfrutan más quienes forman parte?
Aunque hablo en nombre de todo el equipo, creo que hay algo que compartimos especialmente: disfrutamos mucho el comienzo de los proyectos.
Es una fase muy abierta y muy libre, en la que todavía no sabemos qué forma tendrá la arquitectura. Dedicamos bastante tiempo a investigar el lugar y todo aquello que puede ayudarnos a comprenderlo mejor: su historia, las culturas que lo han habitado, sus tradiciones, la arquitectura popular y vernácula, los materiales, el paisaje o determinadas formas de vivir. Muchas veces acabamos estudiando cuestiones que desconocíamos por completo, y eso hace que cada proyecto sea también una oportunidad para aprender.
De esa investigación empezamos a reconocer ideas, relaciones o principios con los que intuimos que queremos trabajar, aunque todavía no sepamos cómo se van a traducir formalmente. Nos interesa mucho ese momento: cuando existe una dirección, pero todavía muchas posibilidades permanecen abiertas.
Después disfrutamos también del cambio de escala que supone desarrollar el proyecto. Pasar de una intuición a una decisión precisa; trabajar una proporción, un encuentro entre materiales o un detalle hasta conseguir que aquello que estaba en el origen del proyecto siga presente cuando se construye.
El Laboratorio prolonga de alguna manera esa curiosidad fuera de los proyectos. Nos permite investigar sin que necesariamente exista un cliente o una respuesta que alcanzar, colaborar con otras disciplinas y abrir conversaciones que después, muchas veces de forma inesperada, terminan alimentando nuestra manera de proyectar.
Y la Asociación nos ha llevado a otro tipo de aprendizaje. Trabajar tan cerca de una comunidad, incorporar procesos de formación y entender la arquitectura desde otras condiciones sociales, económicas y constructivas nos obliga constantemente a escuchar, revisar lo que sabemos y aprender de otras formas de conocimiento.
Creo que, al final, lo que más disfrutamos es precisamente eso: que cada proyecto nos permita descubrir algo que antes no sabíamos y que ese aprendizaje termine transformando nuestra manera de hacer arquitectura.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
Creo que uno de los mayores aprendizajes de estos años ha sido entender el tiempo de los proyectos y aprender a protegerlo.
Como estudio joven, una de las dificultades más reales ha sido encontrar oportunidades y construir una cierta continuidad. Hay momentos en los que la entrada de trabajo es irregular, mientras el equipo, la estructura y los costes del estudio permanecen. También existe una dificultad añadida al principio: muchas veces necesitas haber construido para que confíen en ti, pero necesitas que alguien confíe en ti para poder construir.
Este último año, sin embargo, ocurrió casi lo contrario: llegaron muchos encargos en un periodo muy corto de tiempo. Fue una situación muy positiva, pero también nos obligó a hacernos una pregunta importante: cómo crecer sin que el crecimiento termine condicionando nuestra manera de hacer arquitectura.
Cada proyecto parte de un lugar, unas personas y unas condiciones diferentes, y creemos que merece el tiempo necesario para encontrar su propia lógica. El reto ha sido precisamente mantener esa implicación y esa profundidad mientras el estudio crece. Nos ha hecho entender que crecer bien no significa necesariamente hacer más, sino ser capaces de seguir dedicando a cada proyecto la atención que necesita.
Con la Asociación el aprendizaje ha sido distinto, pero quizá incluso más profundo. A principios de este año conseguimos poner en marcha una primera fase de formación y capacitación en torno a la producción de bloques de tierra comprimida, trabajando directamente con la comunidad y trasladando conocimiento para que progresivamente pueda existir una mayor autonomía local.
Después, el contexto del país nos ha obligado a ralentizar el ritmo que habíamos imaginado. Y eso también ha supuesto un cambio importante de perspectiva. Hemos entendido que trabajar en un contexto como este exige mucha más flexibilidad. Los tiempos no siempre responden a nuestra planificación, sino a las posibilidades reales del territorio y de las personas con las que trabajamos.
Más que cambiar el objetivo, hemos tenido que reajustar nuestras expectativas sobre cómo y a qué velocidad llegar hasta él. Ha sido exigente, pero también nos ha enseñado algo fundamental: que en determinados proyectos avanzar no siempre significa hacerlo rápido. A veces significa saber esperar, adaptarse y encontrar la manera de continuar sin perder aquello que daba sentido al proyecto desde el principio.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
No creo que haya una única referencia que guíe lo que hacemos. Nuestra mirada se ha ido construyendo a partir de influencias muy distintas, dentro y fuera de la arquitectura.
Hay momentos en los que encontramos afinidades con el brutalismo, no tanto desde su lenguaje formal como desde ciertas actitudes: la honestidad de los materiales, la fuerza de lo esencial, la presencia de la masa o la idea de que una arquitectura puede ser muy rotunda sin necesitar demasiados gestos.
Pero también nos interesa mirar hacia otras disciplinas. El arte, el paisaje, la naturaleza, la artesanía o determinadas culturas y formas de pensamiento que trabajan desde la contención. De la cultura japonesa, por ejemplo, nos atrae esa capacidad de dar valor al vacío, al silencio, a la imperfección o al paso del tiempo sobre las cosas.
En ese sentido, El elogio de la sombra, de Junichir? Tanizaki, es una referencia a la que volvemos con frecuencia. Nos interesa especialmente esa idea de que la belleza no reside únicamente en los objetos de manera aislada, sino en las relaciones que se producen entre ellos: entre la luz y la sombra, la materia y el tiempo, lo que se muestra y lo que permanece más velado.
También nos resulta muy cercana la idea japonesa de ma, entendida como ese intervalo entre las cosas que no es simplemente un vacío que haya que llenar, sino una parte activa de la experiencia.
Creo que muchas de estas influencias convergen en una idea bastante sencilla: despojarnos de aquello que no es necesario hasta intentar llegar a la esencia de las cosas. No entendemos lo esencial como algo necesariamente mínimo o austero, sino como aquello que permanece cuando eliminas lo superfluo y consigues reconocer qué es verdaderamente importante.
Y a partir de ahí aparece otra cuestión fundamental para nosotros: la capacidad de emocionar. En ese sentido, quizá la música sea una de las referencias más bonitas. Una pieza no se construye únicamente con las notas, sino también con los intervalos, las pausas y los silencios que permiten escucharlas de otra manera. El silencio no es una ausencia; es lo que hace posible ser consciente de lo que ocurre antes y después.
En arquitectura sentimos algo parecido. El vacío, una pausa en el recorrido, una sombra o un espacio en el que aparentemente sucede muy poco pueden intensificar todo lo demás.
Quizá esa combinación entre reducción y emoción, rigor y sensibilidad sea una de las ideas que más sigue guiando nuestra manera de trabajar hoy.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
México sigue siendo uno de los lugares que más nos inspira. Nuestra relación con el país se ha ido haciendo cada vez más cercana a través de los proyectos que estamos desarrollando allí y, cuanto más tiempo pasamos, más sentimos que seguimos aprendiendo de él: de su cultura, de su enorme riqueza material y constructiva, pero también de una escena arquitectónica especialmente estimulante.
Hay muchas prácticas jóvenes haciendo un trabajo que nos interesa no solo por su arquitectura, sino por la conciencia con la que están entendiendo el momento que vivimos y el papel que puede tener nuestra disciplina dentro de él.
Seguimos, por ejemplo, con mucho interés el trabajo de LANZA Atelier. Nos atrae su capacidad para moverse con libertad entre arquitectura, mobiliario, investigación, instalaciones o espacio público sin perder precisión ni identidad.
También nos interesa Manuel Cervantes, por una arquitectura que parece construir desde las condiciones del lugar más que sobre ellas. La topografía, el clima, la vegetación o la manera de habitar no aparecen como contexto del proyecto, sino que terminan determinando su forma.
En Japón, Hiroshi Sambuichi es una referencia que me interesa especialmente por su manera de trabajar con aquello que normalmente no podemos tocar. Habla del aire, el agua y el sol como materiales en movimiento, y lleva años estudiando cómo atraviesan y transforman un lugar antes de intervenir en él.
Y Junya Ishigami es probablemente uno de los arquitectos que más me inspira y al que más vuelvo de manera recurrente. Nos interesa, sobre todo, la libertad radical con la que vuelve a preguntarse qué puede ser la arquitectura.
Quizá lo que más me conmueve de Ishigami es que consigue ampliar los límites de la arquitectura sin hacerla más ruidosa. La posibilidad de no aceptar como inamovibles los límites que ya conocemos; de volver a mirar un proyecto desde cero y preguntarnos si una arquitectura podría ser menos edificio y más paisaje, menos objeto y más atmósfera, o incluso desaparecer lo suficiente como para hacer más presente todo lo que existe a su alrededor.
Ah, y finalmente está el campo, que es lo contrario al ritmo de la ciudad. Tenemos una casa familiar allí y volver me ayuda mucho a salir de la velocidad cotidiana. Salgo muy temprano cada mañana a caminar y disfruto mucho de cosas muy sencillas: el olor de la tierra cuando ha llovido, cómo cambia la luz, cómo se transforma el paisaje a lo largo del día o simplemente tener tiempo para observar sin prisa.
Creo que ese ritmo más lento, más atento y más conectado con la naturaleza influye muchísimo en mi manera de mirar.

Si pudieran invitar a alguien a colaborar en una sesión o encuentro, ¿quién sería y qué harían juntos?
Invitaría a Junya Ishigami, sobre todo por admiración y por la posibilidad de aprender de una mente que parece haberse mantenido sorprendentemente libre de muchas de las limitaciones que la propia profesión va imponiendo con el tiempo.
Hay algo en su trabajo que conserva una cualidad casi infantil, en el mejor sentido: esa libertad de imaginar antes de saber por qué algo no debería ser posible. Como cuando un niño dibuja sin que el conocimiento técnico, las convenciones o la experiencia hayan empezado todavía a acotar su imaginación. Lo fascinante en Ishigami es que esa libertad no se pierde cuando aparece el rigor; consigue sostenerla y llevarla hasta una realidad construida de enorme precisión.
Nos interesaría plantear el encuentro alrededor de una pregunta muy sencilla: cómo conservar la creatividad cuando aumenta el conocimiento. Cómo seguir permitiéndonos pensar desde la intuición, la curiosidad o incluso desde cierta ingenuidad, después de años aprendiendo normas, sistemas constructivos y maneras establecidas de hacer arquitectura.

¿Hay algún ritual, dinámica o detalle que se repita y que defina la experiencia del proyecto?
Hay una dinámica que se repite bastante en Erentia y tiene que ver con cómo empezamos los proyectos.
Antes de dibujar demasiado, intentamos abrir mucho la mirada. Investigamos el lugar, su historia, sus materiales y sus formas de habitar, pero también buscamos referencias en disciplinas vinculadas con la arquitectura: el arte, la filosofía, determinados movimientos culturales o formas de pensamiento que puedan ayudarnos a mirar el proyecto desde otro lugar.
Es un momento muy colectivo y bastante libre, en el que todavía no buscamos respuestas concretas, sino construir un imaginario común. Después, poco a poco, empezamos a reconocer qué ideas tienen realmente fuerza y cuáles merece la pena conservar.
Creo que ese tiempo inicial de observación, conversación y exploración es una dinámica muy propia del estudio y una parte del proceso que intentamos proteger especialmente.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Sería una ciudad viva, curiosa y con distintos ritmos.
Una ciudad donde conviven arquitectura, arte, naturaleza, talleres, mercados y espacios de encuentro; abierta a otras culturas y formas de hacer, pero sin perder una identidad propia. Habría zonas intensas, llenas de actividad y mezcla, y otras más silenciosas donde poder caminar, observar y dejar que las ideas aparezcan.
Una ciudad que entiende que la creatividad necesita movimiento, pero también pausa. Creo que Erentia sería algo así: un lugar en constante transformación, capaz de absorber muchas influencias sin perder claridad, y donde siempre haya algo nuevo que descubrir sin que todo tenga que suceder deprisa.

Alejandra Esteve
Fundadora y Directora de Erentia
Práctica internacional de arquitectura
Un estudio, una asociación, un laboratorio
instagram.com/erentiarquitectos