Siempre me ha asombrado la sincronía de esta existencia.

Si no estás sincronizada con el flow —con una tanda de personas saliendo del metro o con la luz verde para transeúntes en un cruce como Madero con Eje Central— puedes marearte. Si vas demasiado consciente, incluso puedes paralizarte y solo estorbar; necesitas cierto grado de inconsciencia para entrar en el flow e ir con todos.

También me pasa en carretera: me asombra profundamente esa suerte de sincronía que sostenemos al compartir un mismo camino, montados en máquinas hechas de materiales que pueden deshacernos con facilidad, a velocidades absurdas, como si nuestros cuerpos no fueran lo suficientemente frágiles. Basta una sola falla en esa sincronía, con que uno pierda el flow, para que entonces sí pueda volverse mortal.

Hay que administrarse cierta dosis de distracción, una inconsciencia funcional que permita avanzar sin preguntar demasiado. Una fe ciega en que el otro permanecerá dentro de su línea, en que nadie cometerá el pequeño error que convierta el trayecto en catástrofe. Resulta extraño ese acuerdo silencioso. Puede que la vida se sostenga así: sobre una sincronía milagrosa en la que basta que uno pierda el compás para recordarnos lo cerca que siempre estuvo el desastre.

Photography by