La radio del vecino musitaba, apenas, los primeros acordes de una canción de mariachi. No tardó en recitar la letra. Y esa tarde que dijiste que volvías, muy segura estaba yo que no vendrías. Un llamado atronador en la lejanía, apagó la radio. Los escasos pájaros de las cinco, se asustaron. Yo bien conocía aquel sonido. Es curioso, ellos ignoran cosas que nosotros no y viceversa. Ellos huyen antes del despunte de un tsunami. Pero ambos, hombres y pájaros, estamos condicionados sonoramente. Nuestras dos especies dependen de las alarmas.
Como sea, no los culpo. Esta vez, los truenos aterrizaron lejos. Pero cuando caen cerca, aún me azuzan. Mi padre solía calcular la distancia del impacto. Tienes que contar los segundos transcurridos entre el sonido y el golpe del rayo, me decía.
Esa tarde, la brisa torrencial trajo el olor de tu casa. Efímero. Orégano trapeado con pino. Como si hubiese manado de la casa a la derecha. Imposible. A menos que yo me haya inventado todo. Que vives a kilómetros de mí. Que no eres mi vecino. Quizá es la forma que mi cabeza —trapeada con mi corazón— encontró para protegerme de tu silencio. Vamos, el instinto de supervivencia de toda la vida, Alejandro. No llamaste. Tampoco respondiste. Nada por la tarde. Menos de madrugada. ¿Para qué? Ya otro despertará con aquel olor, el orégano trapeado con pino le taponará la nariz. Y como no soy un ser alado, no atiendo a las alarmas, como no sé calcular golpes de rayo ni de mar, no hui sino hasta que la ola de tu amor ajeno sepultó los rescoldos de lo que sentía por ti.
Fotografía por Pavel Kalashnik

