Correr sin zapatos, o regresar para olvidarlos

25 mayo, 2018

Quiero salir corriendo pero él ya no me sigue más, y ya solo quiero dejar de correr.

La tarde no tuvo más que tintes sombríos a pesar de que por la ventana entraba mucha luz, la luz me despierta como a eso de las 8, me pongo mis tenis color chillante (como esos que usan las señoras fitness para ir a correr y pararse cada que pasan una calle con el verde en el semáforo). Odio esos tenis, pero son cómodos, son Puma, pero yo quiero Nike. Como sea, los uso igual. Salgo casi cada mañana para ver al mismo señor que parece violador en potencia barriendo afuera de los departamentos bonitos, pienso por qué me mira con ojos saltones. Me caga que los hombres como él me vean  cuando uso mallas deportivas, me cagan también las malla deportivas pero sí, sí, sí, también son cómodas.

Tengo suerte de tener un bosque para perderme a unas cuadras de mi casa, tengo suerte y no porque entre el señor que barre, las señoras fitness corriendo y mis tenis que no me gustan, no consigo salir de mi cuerpo y solo entrar entre los árboles, con su olor mezclado de hojas húmedas, ramitas y hierbas. Camino 25 minutos y lo logro, comienzo a correr y la meditación en movimiento comienza. Si él ya no me sigue, ¿por qué debería seguir corriendo?, ecuación simple pero a mi lo simple se me resbala, se me cae todo lo que me lleve a una solución, se me cae igualito a las hojas secas de los 300 árboles del bosque cerca de mi casa.

Estando en el bosque vuelvo a mí, un señor viejito pasa a mi lado medio corriendo y me recuerda lo difícil que es correr cuando el peso te hace ir hacia abajo, hacia lo absurdo, hacia el concreto, hacia tu fin. Miro ese suelo y de pronto veo mis pies descalzos. Me duelen al verlos porque piso sin algo que los proteja, cómo olvidé los chillantes tenis que no son nike. Entro en pánico, el peso me lleva hacia abajo, otra vez la tierra me come y si él ya no me sigue nadie se enterará, nadie notará que ya no estoy. Ni el viejito. Quizá el señor que barre no me vea regresar, pero y qué, encontrará otras piernas para acosar.

Me hundo, me deshago y corro en reversa, como regresando el tiempo al punto donde alguna vez él me seguía, estando conmigo después de reír en ese mismo bosque sin el peso contra el suelo.

Quizá en ese punto hacia atrás donde solíamos estar no olvide mis zapatos, quizá ahí también junto con su mano pueda seguir corriendo.

Fotografía: John Kilar | Instagram