Casa G

Alex Rodríguez

¿Cómo nació este proyecto y qué lo hizo diferente desde el principio?
No se trata de ocupar el sitio, sino de escucharlo. ¿Cómo lograr capturar la belleza de lo que nos rodea y al mismo tiempo otorgar refugio en un entorno natural? Casa G nace no como un objeto colocado sobre el terreno, sino como una pieza que emerge de él, casi en silencio, en lo más alto de una pendiente pronunciada en el desierto de Sonora, donde la tierra se quiebra y la luz lo define todo; una arquitectura que no se posa sobre el paisaje, sino que busca integrarse a la topografía y formar parte de la misma, diluyendo los límites entre el exterior y el interior. Desde ese punto, la vivienda se posiciona para observar, enmarcar y habitar el contexto. Cada espacio funciona como un encuadre: un fragmento del paisaje contenido entre muros de concreto, acero y vidrio. El exterior no rodea a la casa; la atraviesa.

Foto por Luis Castro

¿Qué momento o parte del proceso disfrutan más quienes forman parte?
El proceso de diseño se disfrutó muchísimo en el despacho; desde el comienzo del primer trazo teníamos un concepto claro y exploramos varias ideas hasta llegar a una síntesis que abarcaba todo lo que queríamos proyectar, siendo el sitio uno de los factores más determinantes a valorar.

En la construcción es distinto, es un desarrollo más complejo donde las dificultades hacen que el resultado final proporcione una satisfacción peculiar. Específicamente, uno de los momentos más gratificantes para todo el equipo es la revelación de la honestidad material: cuando se retiran las cimbras y el concreto aparente queda expuesto por primera vez. Es un instante casi ritual en el que la arquitectura se desnuda; cada imperfección, veta y textura de la madera queda grabada para siempre en la estructura, contando la historia de su propia fabricación artesanal. Creemos que esos “errores” le otorgan carácter y sentido humano a la edificación. Disfrutamos enormemente ver cómo la luz del desierto incide sobre estas superficies crudas a lo largo del día, transformando el espacio a través de un juego constante de sombras, introspección y silencio. Y claro, es un privilegio poder visitar la casa estando ya habitada: presenciar cómo cumple su cometido es una gratificación que nos llena de orgullo.

Foto por Marco Carpio

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
La propia complejidad de construir en lo alto de un cerro dotó de identidad al proyecto, pues la solución a este desafío nos llevó al resultado final. La construcción se realizó con respeto absoluto por el sitio: se evitó el ingreso de maquinaria pesada en las zonas más altas para preservar la vegetación existente. El acceso a la vivienda se da a través de una escalinata formada con las piedras extraídas del propio terreno, reutilizadas a lo largo del proyecto como un gesto de continuidad entre la arquitectura y la memoria material del lugar.

En el ámbito del diseño, gestionar el confort térmico y la privacidad sin sacrificar la conexión visual con el exterior fue un reto complejo. El sol de Sonora puede ser implacable, lo que nos obligó a replantear la envolvente del edificio e implementar vidrio reflectante en puntos clave. Este material funcionó como solución técnica y conceptual: actúa como un escudo térmico y, al mismo tiempo, altera la percepción del objeto arquitectónico. De día, la casa se disuelve al reflejar las rocas y el cielo; de noche, se transforma en una linterna cálida de refugio. Más que una casa, este proyecto propone una forma de habitar el paisaje donde la crudeza de la materia, la luz, el silencio y las vistas panorámicas construyen una experiencia cotidiana íntima y profundamente conectada con el desierto.

Foto por Marco Carpio

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
Nos sigue guiando la búsqueda de una arquitectura esencial, desnuda de artificios y profundamente ligada al tiempo. Nos obsesiona la permanencia material y la sencillez de un proyecto bien logrado; como siempre menciona mi papá: “Lograr la difícil sencillez”. Sin embargo, la brújula que hoy dirige nuestra práctica no viene solo de la arquitectura, sino de una costura interdisciplinaria que abarca desde la conceptualización de un espacio hasta la creación de mobiliario, así como la capacidad del arte para evocar melancolía y contemplación. Creemos firmemente que el espacio debe despertar emociones, y esa premisa rige cada proyecto que entra al despacho.

Foto por Marco Carpio

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Nos inspira la dualidad entre la contención formal y la fuerza del territorio, el despertar emociones por medio de lo que proyectamos y el respeto por el contexto existente. Admiramos la obra de arquitectos como Barozzi Veiga, Macias Peredo o Aires Mateus. Actualmente estamos leyendo un libro de los textos completos de Luis Barragán (que compramos hace poco en la librería Artlecta en Guadalajara) y nos recuerda constantemente la importancia de la introspección, el manejo del silencio y el respeto por el paisaje. En el plano nacional contemporáneo, nos emociona mucho la honestidad material e identidad de estudios como Taller Héctor Barroso, Manuel Cervantes y HW Studio, además del trabajo interdisciplinario de Héctor Esrawe.

Más allá de la arquitectura, nos inspira el trabajo de firmas y personajes como Draga and Aurel, Siete Studio, Henry Timi, o marcas de ropa como Lemaire, que manejan un minimalismo exquisito con alta innovación. En el arte, nos conmueve la obra de artistas jóvenes como David Troice con su manejo del acero, o Fuentes de María y Raúl Campos con una pintura que evoca melancolía, anhelo y contemplación. A una escala más íntima, ver la pasión y disciplina de mi hermano en su clínica, el esfuerzo y autenticidad de mi hermana en su joyería, la dedicación de mi esposa y sus hermanas en sus negocios, y el empeño de mis amigos en sus proyectos, es algo que me motiva diariamente a dar ese extra.

Al mismo tiempo, miramos hacia el norte con la estética nórdica y su capacidad de resguardo frente a entornos hostiles. Casa G nace de ese cruce: un refugio compacto de concreto visto en el desierto de Sonora que busca permanencia material y formal sin intentar dominar la geografía salvaje.

Foto por Marco Carpio

Si pudieran invitar a alguien a colaborar en una sesión o encuentro, ¿quién sería y qué harían juntos?
Armaríamos un encuentro transdisciplinario y atemporal en el sitio. Invitaríamos al artista visual Olafur Eliasson para intervenir las fachadas con las propiedades ópticas del vidrio reflectante, logrando que el volumen de concreto se disuelva temporalmente en el cielo del desierto. En los patios de tierra, invitaríamos a Joan Miró a diseñar una de sus esculturas abstractas en forma de fuente; el contraste cromático de sus azules y rojos primarios rompería de forma hermosa con la sobriedad del acero crudo y el hormigón, sumando el sonido del agua en medio de la aridez.

Para terminar, nos sentaríamos a tener una sesión de sobremesa con Ernest Hemingway. Su vida intensa y bohemia, sumada a su búsqueda de una escritura directa y sin adornos (muy similar a nuestra búsqueda de una arquitectura desnuda y esencial), sería el cierre perfecto para discutir sobre la belleza de habitar los límites de la naturaleza hostil acompañados de un buen coñac o un martini.

Foto por Marco Carpio

¿Hay algún ritual, dinámica o detalle que se repita y que defina la experiencia del proyecto?
El ritual que define el proyecto es el tránsito entre el cobijo y la contemplación, una coreografía dictada por la topografía. Al no resistir la pendiente, la casa obliga a experimentar constantes secuencias de interior y exterior. El habitar cotidiano se convierte en un vaivén: pasas de la masa protectora y la sombra controlada del concreto en el área social, a la apertura absoluta en los patios, las terrazas o la tina al aire libre. Es un recordatorio constante de que estás en el desierto, pero resguardado por la materia cruda. El detalle que se repite es la materialidad del concreto y el vidrio (en ocasiones espejo) que recorren la obra como un marco que captura el desierto para poder admirarlo y vivirlo.

Foto por Luis Castro

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Una región / territorio: La región alrededor de la cascada Seljalandsfoss en Islandia. Cabañas integradas en medio de la naturaleza salvaje que logran una dualidad entre el entorno indómito y una creación humana práctica y sofisticada que responde a un clima extremo. Casa G comparte ese espíritu: un trazo limpio y compacto que funciona como un refugio cálido frente a una naturaleza indómita.

Un libro: Ficciones de Jorge Luis Borges, específicamente por su juego con los laberintos de la percepción y su fascinación por los espejos. El vidrio reflectante de la casa funciona como un dispositivo borgeano: no te muestra el interior del edificio, sino que te devuelve duplicados de la vegetación, las rocas y el firmamento.

Un disco: Un punto intermedio entre la nostalgia acústica de Guitarricadelafuente y el rock artesanal de Leiva. Música construida desde la honestidad de los materiales crudos (las guitarras, las maderas), sin artificios ni sobreproducción. La materialidad de la casa (acero, concreto aparente y vidrio) se siente artesanal, honesta y profundamente ligada a la tierra.

Alex Rodríguez
Arquitecto Líder y Proyectista en Arq Arq Building Ideas
instagram.com/alexerodriguezq