Aprendiendo a llorar

Aparentemente nunca fueron suficientes las instrucciones, ni las lecciones.
A veces, para llorar se necesita tomar distancia.
Alejarse de lo que somos, de aquello que creemos que somos.
Alejarnos de nosotros mismos y así, a la distancia, cuestionarnos y ser mejores.
¿Ser mejores? Eso nunca se logra.
Yo sé que no, simplemente se es más o menos mierda, pero da igual.
La distancia ayuda, tal vez a ti no, pero a tu entorno sí.
Yo he aprendido que a la distancia soy mejor, tal vez para evitar el contacto, el compromiso, el simple hecho de estar.
Pero a lo lejos soy mejor.
Más cariñoso, más comprensivo, simplemente soy más…
Es curioso, cuando yo quiero llorar no predispongo al enamoramiento ni a la individualidad, simplemente viajo.
Con la distancia pienso que el que está allá es distinto al que está acá.
Y esa distinción me hace mejor.
Es curioso porque el mejor no existe.
Entonces digamos que la distancia me hace menos mierda.
A veces para llorar simplemente viajo.
Solo.
Me doy el tiempo de adentrarme en mí, aunque rara vez lo logro.
Pero cuando lo hago, lloro.

Fotografía por Pierre Wayser

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