Entrevistas por Emilio Esquivel

En Studio Lazcano, el espacio también forma parte del proceso. Durante su residencia, Jennifer Laflamme y Blanca Espasa trabajaron juntas desde lenguajes distintos, dejando que sus respectivas investigaciones sobre materia, cuerpo y percepción encontraran una relación con el lugar y entre sí. El resultado reúne pinturas y textiles de Laflamme junto a las esculturas de Espasa, piezas que, aunque parten de procesos diferentes, comparten una atención particular a aquello que sucede mientras una obra toma forma.
Laflamme trabaja con textiles, pintura y pigmentos naturales, explorando el comportamiento del color y la memoria que pueden conservar los materiales. Sus pinturas construyen espacios liminales, lugares que parecen existir entre la memoria y la imaginación, y que se relacionan con su interés por reconstruir mundos que no pudo experimentar por completo. Espasa, por su parte, desarrolla una práctica escultórica basada en la experimentación y en formas biomórficas que establecen relaciones entre estructuras naturales, espacio y cuerpo. Durante la residencia, ambas trabajaron a partir de las condiciones particulares de Studio Lazcano y del ritmo más pausado que encontraron en el sur de la ciudad, pensando también en cómo sus piezas podían relacionarse dentro del espacio.
El resultado de la residencia se presentó el sábado 3 de octubre en Studio Lazcano. Durante la semana siguiente, el espacio permanecerá abierto al público mediante cita previa.
Para conocer mejor las investigaciones que atraviesan este encuentro, conversamos con ambas artistas sobre sus procesos, la relación que mantienen con los materiales, la memoria, el cuerpo y aquello que puede surgir cuando una obra se desarrolla en diálogo con un lugar.
Jennifer Mifi Laflamme
La práctica de Jennifer Laflamme se sitúa entre el textil y la pintura. A través de pigmentos naturales y procesos de teñido aprendidos en Japón, trabaja con materiales cuyo comportamiento no puede controlarse por completo. La luz, el tiempo, el ambiente y el contacto con el cuerpo continúan transformando sus piezas incluso después de terminadas.
Su trabajo también explora espacios liminales: lugares imaginados que se encuentran entre la experiencia y la memoria, entre aquello que se recuerda y aquello que se reconstruye. Laflamme ha descrito sus pinturas como mundos imaginados, construidos a partir de una relación compleja con el lugar, la cultura y su propia memoria. En sus textiles, esta búsqueda se extiende hacia materiales que ya contienen historias, marcas y huellas de quienes estuvieron en contacto con ellos.
Para Mifi, trabajar con estos elementos implica aceptar sus propios ritmos y permitir que algo inesperado permanezca en la obra. El resultado son piezas que no parecen completamente estáticas, sino abiertas a seguir cambiando con la luz, el tiempo y la presencia de quien las observa.

Tu práctica parte del textil y del teñido natural. ¿Qué te atrae de trabajar con materiales cuyo resultado final nunca puede controlarse por completo?
Me atrae que los materiales tengan sus propias vidas y ritmos. Cuando tiño, raspo, doblo o pinto una tela, dejo una huella, pero el tejido continúa cambiando y evolucionando después. Los tintes naturales también se comportan de manera diferente dependiendo del material y de las condiciones, así que siempre existe un elemento de experimentación e imprevisibilidad.
Me veo trabajando junto a los materiales, en lugar de intentar controlarlos por completo. Esto comenzó cuando aprendí sobre el teñido natural en Japón y empecé a pensar en las plantas no simplemente como fuentes de color, sino como seres con los que estaba interactuando y de los que estaba aprendiendo. Me interesa permitir que esa relación permanezca visible en la obra.

Estudiaste y trabajaste con técnicas de teñido en Japón. ¿Cómo transformó esa experiencia tu manera de aproximarte al color y al proceso?
Aprender teñido natural en Japón cambió por completo mi manera de entender el color y el proceso. Estudié con personas que llevaban mucho tiempo trabajando con estas técnicas y aprendí a pensar en las plantas como organismos completos, incluyendo su relación con el cuerpo y sus posibles beneficios para la salud.
También trabajé con textiles tradicionales, algunos de cientos de años de antigüedad y teñidos con tintes naturales. Me sorprendió lo vibrantes y complejos que podían ser sus colores. Esa experiencia despertó en mí un interés particular por la seda, por la manera en que recibe y refleja el color, por los degradados que puede crear y por esa cualidad casi luminosa que adquiere.
Desde entonces, mi proceso se ha vuelto muy experimental. Puedo comenzar con un color determinado y pasar semanas o meses buscando cómo conseguirlo con distintos materiales. A menudo trabajo en varios proyectos al mismo tiempo porque siento que cada pieza tiene su propio tiempo y ritmo.

En tu trabajo, la luz, el tiempo y la temperatura continúan transformando la materia. ¿Piensas en la obra como algo que sigue evolucionando después de estar terminada?
Por supuesto. Pienso en los materiales como seres vivos. Incluso después de que una pieza ha sido teñida o terminada, el tejido continúa cambiando. La luz, el entorno y las personas que interactúan con él pueden modificar su apariencia y su textura.
También pienso en las historias que los materiales ya contienen. Cuando trabajo con telas antiguas, me fascinan las marcas que han dejado las personas que estuvieron en contacto con ellas. Deshacer costuras que habían sido hechas cientos de años atrás se sentía como una forma de viajar en el tiempo. En ese sentido, la obra nunca está completamente separada de las huellas de todo aquello que la ha tocado.
También me gusta dejar algunas cosas crudas o inacabadas. Un borde deshilachado, por ejemplo, me recuerda que los materiales están sujetos al cambio y al deterioro. Me interesa esa sensación de movimiento continuo, en lugar de un objeto completamente fijo o resuelto.

También trabajas con prendas y textiles recuperados. ¿Qué cambia cuando un material pasa de ser algo que observamos a algo que entra directamente en contacto con el cuerpo?
Cuando alguien usa una de mis piezas, lo veo como una colaboración entre el cuerpo y el tejido. La prenda ya tiene su propia vida, espíritu y movimiento, y deja nuevas marcas y huellas. Cada persona que la usa se convierte en una parte más de su historia.
La forma del cuerpo estira el tejido, mientras que los aceites naturales de la piel, los aromas y el movimiento dejan nuevas marcas y huellas. Cada persona que usa una pieza aporta algo a ella. Al mismo tiempo, la prenda tiene una vida incluso cuando nadie la está usando.
También me interesa recordar a las personas que estos materiales son valiosos y requieren cuidado. Cuando vivimos en un mundo de consumo acelerado, podemos desconectarnos del trabajo, la fragilidad y la historia contenidos en los textiles. Quiero que las personas sean conscientes de aquello con lo que están interactuando físicamente y que puedan vivir con las piezas, en lugar de simplemente verlas como objetos.

Tu práctica está atravesada por tu herencia japonesa y coreana. ¿Cómo aparecen estas referencias en tu trabajo sin convertirse necesariamente en representaciones literales?
Mi historia personal es compleja y tiene mucho que ver con mi relación con el lugar y la cultura. Nací en Japón; mi padre es canadiense y mi madre es coreana. No intento necesariamente representar esas culturas de manera literal. En cambio, mi trabajo se convierte en una forma de explorar los vacíos y las incertidumbres de mi propia memoria cultural. A menudo describo mis pinturas como mundos imaginados porque intento construir o reconstruir un lugar que no tuve el tiempo suficiente para experimentar plenamente mientras crecía.
También hay cosas que no comprendo por completo, especialmente cuando se trata del lenguaje y de ciertas sutilezas culturales. Puedo interpretar algo de una manera que no sea completamente precisa o culturalmente “pura”, pero esa incertidumbre forma parte del trabajo. Intento comprender estas dinámicas culturales complejas en lugar de presentar una representación definitiva de ellas.
¿Qué descubriste durante tu residencia en Studio Lazcano que quizá no habría surgido trabajando de manera independiente?
La residencia me dio la oportunidad de pensar en la obra más allá del objeto individual y de considerar cómo un entorno completo podía convertirse en parte de la práctica. Trabajar alrededor de otras personas, materiales y un espacio ya existente puede generar relaciones y posibilidades que son más difíciles de encontrar cuando se trabaja a solas.
Cada vez me interesa más la idea de que mis piezas puedan hablar entre sí y con su entorno, que los colores puedan fluir de un objeto a otro, que los tejidos puedan responder a la luz y al espacio, y que una exposición no tenga que permanecer estática. Me gustaría crear ambientes en los que las personas puedan literalmente entrar en el mundo de la obra.

Tus pinturas construyen espacios que has descrito como mundos imaginados y espacios liminales. ¿Qué te interesa de crear lugares que parecen existir entre la memoria, la imaginación y la experiencia?
Pintar me permite conectar con mi espíritu y dejar que el color, las imágenes y las emociones aparezcan intuitivamente. Para mí, es un acto de entrega, confianza y conexión con una creatividad infinita.
La pintura se convierte en una forma de construir mundos imaginados donde pueden coexistir recuerdos, sueños e historias ancestrales. Entiendo el proceso como una forma de escucharme y permanecer abierta, en lugar de intentar controlar el resultado. Los colores y las imágenes surgen intuitivamente y, a través de las capas y la relación con el material, la pintura adquiere su propia vida.
La memoria es porosa y cambia constantemente, y siento que las capas y transparencias pueden capturar aquello en la memoria, el olvido y lo que existe entre ambos. A veces no sé qué estoy haciendo hasta que ya estoy dentro de la obra. Para mí, esa incertidumbre es parte del proceso: una forma de conectar con algo más allá de mí y permitir que un mundo imaginado aparezca.

Blanca Espasa
La práctica de Blanca Espasa parte de la escultura y de una constante experimentación con distintos materiales y procesos. Sus formas biomórficas surgen de un imaginario en el que conviven estructuras naturales, huesos, conchas y ornamentos de carácter religioso, pero también de una pregunta por aquello que conecta el espacio, la materia y la experiencia del cuerpo.
En su proceso, el material tiene un papel activo. Sus características determinan las posibilidades de cada pieza y orientan las decisiones que toma durante su elaboración. Las huellas de ese proceso permanecen visibles en las esculturas porque, para Espasa, el proceso es tan importante como la obra terminada. Esta relación con el cuerpo también aparece en su trabajo de joyería, que entiende como una forma de “escultura habitable”.
Durante la residencia en Studio Lazcano, estas investigaciones se encontraron con las condiciones particulares del espacio y con el trabajo de Laflamme. Las pinturas y textiles, más ligeros y volubles, dialogan con las esculturas de Espasa, pesadas y enraizadas, componiendo juntas una distribución particular del espacio.

Tu práctica parte de la escultura, pero también de una constante experimentación con materiales y procesos. ¿Qué papel juega el material en las decisiones que tomas durante el proceso?
A través de las características que cada material posee, durante el proceso, me va indicando cómo trabajarlo. Se trata de un proceso muy intuitivo, de cómo llevar el material a los límites que este me permita, ya sea repujando el metal, estirándolo, fundiendo ceras muy finas para que salga la plata muy delicada y maleable, o experimentando con materiales bio, como el bioplástico, que dependiendo del molde donde lo vierta adquiere más o menos transparencia.

Muchas de tus formas tienen un carácter biomórfico y parecen encontrarse entre lo natural y lo construido. ¿De dónde surge tu interés por estas estructuras?
El interés por estas estructuras y construcciones surge de una imagen que comparten uniones de conchas, uniones entre huesos, ornamentos de carácter religioso, es una mezcla de imágenes que me han acompañado durante mi vida, por las que siempre he tenido especial fijación, ya que para mí entrelazan las conexiones entre la escultura y cómo nos posicionamos respecto a las obras. Es todo aquello que compone espacio, materia y vivencia. Me gusta mucho el término fascia, que usa la investigadora Isabel de Naverán para describir este hilo que todo une, presencia, espacio y cuerpo.
En tus esculturas permanecen visibles las huellas de su elaboración. ¿Qué significa para ti conservar el gesto y las marcas del proceso dentro de la pieza terminada?
Es muy importante para mí dejar visible la huella del proceso porque es inherente de la propia pieza, el proceso es igual o más importante que la obra acabada.

Has llevado algunas de estas formas a la joyería en plata. ¿Qué sucede cuando una forma que originalmente ocupa el espacio se convierte en un objeto que acompaña directamente al cuerpo?
Tuvo mucho sentido empezar a hacer piezas de joyería porque son esculturas habitables. Adapto las ceras que luego fundo al cuerpo, igual que las piedras que luego engasto. Es otro tipo de proceso escultórico, ligado directamente a la interacción con los cuerpos.
¿Cómo entiendes la relación entre intuición y experimentación dentro de tu proceso de trabajo?
La experimentación junto con la intuición van de la mano, una lleva a la otra. La intuición guía el proceso y a su vez conduce a la experimentación.

¿Qué lugar ocupó la residencia en Studio Lazcano dentro del desarrollo de las piezas que ahora se presentan?
El desarrollo de las piezas que se presentan en este open studio ha estado marcado por la vinculación con el sur de la ciudad. Un ambiente más pausado, pudiendo desarrollarlas con esta tranquilidad. Están pensadas para el espacio, que junto con las piezas de Mifi, dialogan entre sí. Las pinturas son ligeras y volubles, mientras que las esculturas pesadas y enraizadas, juntas se componen y distribuyen los espacios en Studio Lazcano.
El trabajo realizado durante la residencia deja ver dos maneras distintas de acercarse a la materia, pero también una preocupación compartida por aquello que ocurre cuando una obra entra en relación con el cuerpo y con el espacio. En Studio Lazcano, sus piezas no solo conviven: modifican la manera en que el lugar puede ser recorrido, observado y habitado.

Studio Lazcano
Private home & residency in San Angel Inn
Mexico City, Mexico
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